Lo que viste hace un momento era solo el principio, y aquí es donde la verdadera batalla comienza.
Mateo sentía que el suelo de madera pulida del escenario era un océano de hielo que amenazaba con tragárselo.
Sus dedos, largos y delgados, apretaban el micrófono con una fuerza que le ponía los nudillos blancos.
Podía escuchar su propio corazón golpeando contra sus costillas, un tambor desbocado que parecía más fuerte que los murmullos de las dos mil personas sentadas en la penumbra del teatro.
Frente a él, bajo una luz cenital que resaltaba cada imperfección de su ropa, estaban los tres jueces.
Eran las figuras que decidían el destino de miles, sentados detrás de un escritorio iluminado con luces LED que parecían cuchillas de neón.
Julián Rossi, el juez principal, conocido en todo el continente por su lengua afilada y su paciencia nula, lo observaba con un desdén que no se molestaba en ocultar.
Julián se acomodó sus gafas de diseñador, suspiró con un fastidio teatral y dejó caer su bolígrafo sobre la mesa. El sonido resonó en todo el auditorio.
—Dime una cosa, muchacho —soltó Julián, su voz goteando una ironía pesada—. ¿Crees que este escenario es un parque para venir a pasear?
Mateo tragó saliva. Sus labios estaban secos, agrietados por el frío de la mañana y los nervios.
—No, señor… —alcanzó a susurrar.
—Porque a juzgar por tu apariencia —continuó el juez, recorriendo con la mirada los zapatos desgastados de Mateo y sus pantalones de tela barata—, parece que te perdiste de camino a una colecta de caridad.
Hubo algunas risas ahogadas en las filas de atrás. Otros, en cambio, se removieron incómodos en sus asientos.
Mateo bajó la mirada hacia sus pies. Esos zapatos habían caminado kilómetros para llegar a esa audición.
Eran los mismos zapatos con los que caminaba cada noche por los pasillos esterilizados de un hospital público.
—Mira —siguió Julián, ignorando la tensión que empezaba a flotar en el aire—, aquí buscamos estrellas. Buscamos brillo, presencia, alguien que venda discos, no alguien que nos dé lástima.
El joven levantó la cabeza. Sus ojos no tenían rastro de ira, sino una tristeza profunda, una que Julián, en su burbuja de lujos, no podía comprender.
Mateo pensó en su madre. Recordó el sonido de la máquina de oxígeno que marcaba el ritmo de sus vidas en esa pequeña habitación de paredes descascaradas.
Recordó la voz débil de ella esa misma mañana, diciéndole: «Ve, hijo. No lo hagas por mí, hazlo por tu voz».
Pero él sabía la verdad. Sabía que esa voz era el último recurso, la última bala en un cargador vacío.
—Señor Rossi —dijo Mateo, esta vez con una voz un poco más firme—, no vine aquí para que me tengan lástima. Vine aquí porque es el único lugar donde me escucharan.
Julián soltó una carcajada seca, girándose hacia sus compañeros de mesa.
—¿Escucharon eso? «El único lugar». Otro más que cree que la fama va a solucionar sus problemas económicos.
—No busco fama —respondió Mateo en un susurro que, gracias al micrófono, se escuchó como un trueno en la sala.
—¿Ah, no? ¿Y qué buscas entonces? ¿Dinero fácil? ¿Un contrato para comprarte ropa que no parezca sacada de la basura?
El público soltó un «oh» de indignación. El ataque de Julián estaba cruzando la línea, incluso para los estándares de un programa de televisión.
Mateo cerró los ojos por un segundo. En la oscuridad de sus párpados, vio la cuenta del hospital. Vio el aviso de desalojo que estaba pegado en su puerta.
Sintió el peso de los 18 años más difíciles que cualquier joven debería vivir.
—Vengo a cantar —dijo Mateo, simplemente.
—Pues adelante —escupió el juez, cruzándose de brazos y recostándose en su silla con un gesto de total aburrimiento—. Canta. Haznos perder el tiempo durante dos minutos más antes de que te mandemos de vuelta a tu casa.
La música empezó a sonar. Era una melodía suave, un piano melancólico que parecía acariciar el aire.
Mateo no se movió. Sus manos dejaron de temblar. Algo en su interior, un interruptor que solo se encendía cuando el dolor era insoportable, se activó.
No miró a la cámara. No miró al público. Fijó su vista en un punto vacío al fondo del teatro, imaginando que allí, entre las sombras, estaba su madre sonriéndole.
Abrió la boca y, desde la primera nota, el aire en el auditorio cambió.
No era la voz de un chico de 18 años. Era una voz que arrastraba siglos de historia, de lucha, de amor y de una desesperación tan pura que era casi tangible.
El juez Julián, que estaba a punto de tomar su teléfono para ignorar la actuación, se quedó congelado con la mano en el aire.
La otra jueza, una mujer que solía ser muy técnica, sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos.
Mateo cantaba sobre la pérdida. Cantaba sobre quedarse solo en la oscuridad y buscar una mano que ya no tiene fuerzas para sostener la tuya.
Cada palabra era un puñal de honestidad que atravesaba la fachada de espectáculo del programa.
En las pantallas gigantes, los camarógrafos hicieron un primer plano de los ojos de Mateo. Estaban llenos de lágrimas que se negaban a caer, brillando bajo los focos como cristales rotos.
El silencio en el teatro era absoluto. Ni un carraspeo, ni un susurro, ni el sonido de un ventilador. Solo la voz de Mateo llenándolo todo.
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