Verdades Ocultas

El rastro de aceite que hundió al abogado más poderoso del país

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Sé que te quedaste con el corazón en un hilo y no pudiste evitar buscar la verdad; hiciste bien en venir a descubrir cómo termina esta historia.

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Mauricio Santillán no solo era el abogado más joven y exitoso de la firma; se sentía el dueño del mundo.

Esa mañana, sus zapatos de piel de cocodrilo resonaban con una fuerza arrogante contra el mármol reluciente del pasillo principal del Palacio de Justicia.

Llevaba un maletín que costaba más que el sueldo anual de cualquier empleado de limpieza y una sonrisa de suficiencia que parecía tallada en piedra.

Sin embargo, su día perfecto se vio interrumpido por algo que, para él, era una mancha en su paisaje de perfección.

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A unos metros de la entrada de la sala de audiencias más importante, un hombre anciano, vestido con un overol azul desgastado y manchado de grasa negra, estaba arrodillado tallando una mancha rebelde en el suelo.

Don Manuel, como todos lo conocían, no se percató de la presencia del «licenciado» hasta que sintió la punta de un zapato italiano empujando su cubeta de agua sucia.

—¡Cuidado, estúpido! —rugió Mauricio, deteniéndose en seco—. ¿Acaso no ves por dónde caminas? Casi arruinas mis pantalones de mil quinientos dólares con tu mugre.

Don Manuel levantó la vista lentamente. Sus ojos eran profundos, cansados pero curiosos.

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—Lo siento mucho, joven. Estaba concentrado tratando de limpiar este aceite que alguien derramó. Es peligroso, alguien podría resbalar.

Mauricio soltó una carcajada seca, llena de veneno. Se ajustó la corbata de seda y miró a su alrededor para asegurarse de que otros colegas estuvieran viendo su «autoridad».

—Peligroso es que gente como tú respire el mismo aire que yo —escupió el abogado—. Mírate. Eres un despojo humano cubierto de grasa. Hueles a taller barato y a fracaso.

Don Manuel no bajó la mirada. Se puso de pie con dificultad, apoyando una mano en su rodilla lastimada.

—Todos tenemos un trabajo que hacer, licenciado. El mío es que este lugar brille. El suyo, supongo, es buscar justicia.

Esa respuesta fue como echarle gasolina al fuego del ego de Mauricio. El abogado dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal del anciano.

—No te equivoques, abuelo. Tú no trabajas aquí. Tú sobras aquí. Mi trabajo es ganar millones y mover los hilos de este país. El tuyo es recoger lo que yo desecho.

Mauricio sacó un pañuelo blanco de su bolsillo, se limpió una mota de polvo invisible de su manga y luego, con un gesto de desprecio absoluto, lo dejó caer sobre el charco de aceite.

—Límpialo. Y después de eso, lárgate. No quiero volver a ver tu cara de pordiosero en este edificio. Si cuando salga de la audiencia sigues aquí, me encargaré personalmente de que te pudras en la calle sin un centavo de pensión.

Don Manuel suspiró, un sonido que no era de miedo, sino de una profunda y antigua tristeza.

—La soberbia es un peso muy grande para un hombre tan joven, licenciado Santillán. Tenga cuidado, que el suelo está más resbaloso de lo que cree.

Mauricio lo empujó del hombro, haciéndolo tambalear.

—¡Fuera de mi vista! —gritó, atrayendo la atención de los guardias de seguridad que empezaban a acercarse, confundidos por el escándalo.

El abogado entró a la sala de audiencias con el pecho inflado, dejando atrás al hombre del overol manchado, quien simplemente se quedó allí parado, observando cómo las puertas dobles de madera fina se cerraban tras el prepotente joven.

Mauricio no sabía que esa sería la última vez que entraría a ese salón como un hombre libre de preocupaciones.

Dentro de la sala, el ambiente era inusual. Los jueces más importantes de la nación estaban presentes, sentados en una fila solemne. El aire se sentía denso, cargado de una expectativa que Mauricio interpretó, erróneamente, como una bienvenida a su brillantez.

Se sentó en su mesa, sacó sus documentos y esperó a que el juez principal diera inicio. Pero el juez no miraba los papeles. Miraba el reloj, como si esperara a alguien mucho más importante que todos los presentes.

Afuera, en el pasillo, Don Manuel se limpió las manos con un trapo viejo. Sus movimientos eran tranquilos. No había rastro de la humillación en su rostro, solo una determinación gélida.

Se acercó a uno de los guardias de seguridad, el mismo que momentos antes había estado a punto de sacarlo a rastras por orden de Mauricio.

—¿Está todo listo, oficial? —preguntó el anciano.

El guardia, un hombre rudo de cuarenta años, de pronto se cuadró, haciendo un saludo militar impecable. Sus ojos estaban abiertos de par en par, llenos de un respeto casi religioso.

—Todo listo, señor. Los magistrados están esperando sus instrucciones. ¿Desea que llamemos a la policía de inmediato?

Don Manuel negó con la cabeza mientras se desabrochaba los botones superiores del overol sucio.

—Todavía no. Quiero verle la cara cuando se de cuenta de que el «aceite» que estaba limpiando no era lo único que estaba sucio en este edificio.

Bajo el overol manchado, empezó a asomar una camisa blanca impecable y el nudo de una corbata que llevaba el sello de la máxima autoridad judicial del continente.

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