Sé que te quedaste con el corazón en un hilo viendo esa escena, así que aquí te traigo el resto de lo que sucedió bajo ese sol inclemente.
A veces, el destino no se escribe con palabras, sino con el rastro de humo que deja una bala después de encontrar su camino.
El aire en el «Polígono del Diablo» era tan denso que se podía cortar con un cuchillo, una mezcla asfixiante de arena fina, olor a pólvora quemada y el orgullo herido de un hombre que no sabía con quién se estaba metiendo.
El Capitán Valenzuela, un hombre cuya piel parecía cuero viejo por tantos años bajo el sol, mantenía una sonrisa torcida, de esas que solo tienen los que se creen dueños de la verdad absoluta.
A su lado, Elena sostenía el fusil con una naturalidad que resultaba casi insultante para los reclutas que observaban desde la sombra de los hangares.
—Siete disparos, muchachita —repitió Valenzuela, escupiendo un poco de tabaco al suelo—. Siete centros perfectos a quinientos metros, con este viento cruzado que te va a volar hasta el apellido.
Elena no respondió de inmediato. Se ajustó la gorra, permitiendo que un mechón de cabello oscuro escapara, y miró hacia el horizonte, donde las siluetas metálicas parecían bailar por el efecto del calor ascendente.
—Si lo hago —dijo ella con una voz suave, pero que cortó el murmullo de los soldados—, usted me va a dar el acceso al archivo que solicité. Sin preguntas. Sin trabas.
Valenzuela soltó una carcajada estrepitosa que retumbó en las paredes de lámina. Miró a sus subalternos buscando complicidad en su burla.
—Si pones esas siete balas en el «diez», te doy las llaves de mi oficina si quieres —respondió él, recuperando el aliento—. Pero si fallas una sola, te vas de este cuartel a pie, bajo este sol, y no vuelves a asomar la nariz por aquí. ¿Trato?
Elena solo asintió. No había miedo en sus ojos, solo una calma profunda, casi gélida, que contrastaba con los cuarenta grados de temperatura del desierto.
Se acomodó en la posición de tendido. El suelo quemaba, pero ella parecía no sentirlo. Sus dedos largos y firmes acariciaron el metal del arma con una familiaridad que hizo que el sargento mayor, un veterano de mil batallas, frunciera el ceño con sospecha.
«Esa mujer no es una civil cualquiera», pensó el sargento, dando un paso adelante para ver mejor.
Elena cerró un ojo, ajustando la mira telescópica. El mundo exterior desapareció. Ya no existía el Capitán arrogante, ni los soldados curiosos, ni el calor sofocante. Solo existía ella, el cañón y el centro de un objetivo que parecía un punto insignificante en la distancia.
—El viento viene del este a doce nudos —susurró para sí misma, sintiendo la brisa en su mejilla izquierda.
Ajustó las torretas de la mira con clics precisos, mecánicos. Sus pulmones se llenaron de aire lentamente y, en el punto exacto entre una exhalación y la siguiente, el primer disparo rasgó el silencio del mediodía.
¡PUM!
El retroceso del fusil sacudió su hombro, pero ella ni se inmutó. En las pantallas de control, ubicadas a unos metros del Capitán, apareció la imagen del primer objetivo.
Un agujero negro perfecto justo en el centro del círculo rojo.
Valenzuela dejó de sonreír. Se cruzó de brazos, tratando de mantener su postura de superioridad, aunque un ligero tic empezó a aparecer en su ojo izquierdo.
—Suerte de principiante —masculló, aunque nadie le creyó.
Elena no esperó. El segundo disparo llegó apenas tres segundos después. Luego el tercero. El ritmo era constante, casi musical. No había duda en sus movimientos, no había correcciones de último minuto.
¡PUM! ¡PUM!
Cada impacto era un eco del anterior. En la pantalla, los puntos se encimaban uno sobre otro. Estaba «cosiendo» el centro de la diana con una precisión quirúrgica que solo poseen los que han nacido con el plomo en las venas.
Los reclutas empezaron a acercarse, olvidando las órdenes de mantener distancia. El ambiente cambió de la burla a una admiración temerosa. Nadie en ese regimiento, ni siquiera los tiradores selectos del grupo de operaciones especiales, disparaba con esa frialdad.
—Va por el sexto —susurró un cabo joven, con los ojos como platos.
Elena sentía el sudor bajando por su espalda, pero su pulso seguía siendo una línea recta. Su mente viajó por un segundo a los campos de entrenamiento en las montañas, a los años de sacrificio que nadie conocía.
El sexto disparo fue directo al corazón del metal. La placa de acero vibró con un sonido agudo, confirmando el impacto perfecto.
Valenzuela estaba pálido. Ya no era solo la apuesta; era su autoridad la que se estaba desmoronando frente a sus hombres. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, tratando de romper su concentración.
—Te queda uno, niña. El más difícil. El que separa a los que juegan de los que matan —le susurró al oído con malicia.
Elena soltó el aire de sus pulmones. No miró al Capitán. Simplemente puso el dedo en el gatillo para el último acto de esta función.
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