Casos sin Resolver

El grito silenciado en el mármol: la verdad que Doña Remedios no pudo ocultar tras la herencia

6 min de lectura

Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.

Publicidad

A veces, el destino espera pacientemente en los rincones más oscuros de una casa elegante para cobrarse las deudas que el orgullo ha ido acumulando.

Elena sentía que el frío del suelo de mármol le subía por las rodillas, filtrándose en sus huesos como un presagio amargo. Cada vez que pasaba el pesado cepillo de cerdas duras, un pinchazo agudo, como un relámpago de fuego, le recorría el vientre.

No era un cansancio normal. No era la fatiga de quien ha trabajado desde el amanecer limpiando los lujos ajenos. Era algo más profundo, algo que venía desde las entrañas y le gritaba que el tiempo se había agotado.

— ¡No te detengas, muchacha! —la voz de Doña Remedios tronó en el pasillo, resonando contra los cuadros de antepasados que parecían juzgar la escena con ojos de óleo—. Ese piso no se va a brillar solo. Y no me vengas con tus caras de mártir.

Publicidad

Elena apretó los dientes. El sudor le resbalaba por la frente, nublándole la vista. Trató de incorporarse un poco, buscando un respiro, pero un nuevo espasmo la obligó a encorvarse, dejando escapar un gemido ahogado que no pudo contener.

Doña Remedios, impecable en su traje de seda color esmeralda, ni siquiera se inmutó. Se acercó con la elegancia de un depredador, haciendo sonar sus tacones sobre la superficie que Elena acababa de limpiar con tanto esfuerzo.

— En mis tiempos, las mujeres paríamos en el campo y a la hora estábamos de pie cocinando —sentenció la matriarca, ajustándose un anillo de diamantes que brillaba con una luz obscena—. No creas que por llevar esa carga en la panza vas a heredar la flojera de los de tu clase.

— Señora… por favor… —susurró Elena, con la voz quebrada—. Siento que… ya viene. Me duele demasiado. Solo necesito sentarme un momento.

Publicidad

Remedios soltó una risa seca, una carcajada que carecía de cualquier rastro de humanidad. Se inclinó un poco, lo suficiente para que Elena pudiera oler su perfume costoso, una fragancia a rosas que en ese momento le resultó nauseabunda.

— Lo que necesitas es terminar ese pasillo —le espetó con frialdad—. Mi hijo llega hoy de su viaje y no quiero que vea esta casa descuidada por culpa de una sirvienta que no sabe mantener las piernas cerradas.

Elena sintió una punzada de indignación que fue más fuerte que el dolor físico. Julián. El nombre de Julián era lo único que la mantenía cuerda en medio de ese infierno. Él le había prometido que todo cambiaría a su regreso.

Él no sabía nada. Doña Remedios se había encargado de interceptar cada carta, de bloquear cada llamada, de rodear a Elena con un muro de silencio y humillaciones mientras Julián supuestamente cerraba negocios familiares en el extranjero.

— Él me ama —logró decir Elena, desafiando por un segundo la mirada gélida de su patrona.

La reacción de Remedios fue inmediata. Su rostro se transformó en una máscara de odio puro. Se acercó tanto que Elena pudo ver las venas marcadas en su cuello.

— Mi hijo no ama a una recogida —siseó—. Julián se casará con quien yo decida. Tú solo eres el error que él cometió una noche de debilidad, y ese niño que esperas no es más que un estorbo para el apellido de esta familia.

Elena sintió que el suelo se movía. No era solo el mareo. Una humedad cálida empezó a extenderse por sus piernas, mezclándose con el agua jabonosa del balde. Se le rompió la fuente ahí mismo, frente a la mujer que la despreciaba.

— Señora… se me rompió la fuente —dijo Elena, con el pánico reflejado en sus ojos—. Ayúdeme, por Dios.

Remedios miró el charco en su mármol importado y su única reacción fue de asco, no por la situación de la joven, sino por la mancha en su piso.

— ¡Mira lo que has hecho! —gritó la matriarca—. ¡Has ensuciado todo el recibidor! ¡Limpia eso ahora mismo! No vas a ir a ningún hospital hasta que este desastre desaparezca.

Elena intentó levantarse, pero sus piernas no le respondieron. Se desplomó sobre sus rodillas, sosteniéndose del borde del balde de madera. El dolor era ahora una ola gigante que la arrastraba.

— No puedo… no puedo más —sollozó Elena, mientras las lágrimas se mezclaban con el sudor de su rostro.

— ¡He dicho que limpies! —insistió Remedios, alzando su bastón de mando, un objeto decorativo que usaba más para intimidar que por necesidad—. Si te atreves a dejar este trabajo a medias, te juro que mañana mismo estás en la calle, sin un centavo y sin ese bastardo.

La crueldad de la mujer no tenía límites. Doña Remedios sabía perfectamente que Elena no tenía a dónde ir. Sus padres habían muerto años atrás y la mansión de los Del Valle era su único refugio, por muy hostil que fuera.

Elena cerró los ojos y se aferró al cepillo. El instinto de supervivencia y el miedo a perder a su hijo la obligaron a realizar un movimiento agonizante. Con las manos temblorosas, empezó a restregar el suelo mientras una contracción tras otra la sacudía con violencia.

Era una imagen dantesca: una mujer joven, a punto de dar a luz, de rodillas bajo la mirada de una anciana que disfrutaba de su poder. El silencio de la gran mansión solo se rompía por el roce de las cerdas contra la piedra y los jadeos de dolor de Elena.

De repente, el sonido de un motor potente se escuchó en la entrada. Unos neumáticos chirriaron sobre la grava del camino principal. El corazón de Doña Remedios dio un vuelco, pero no de alegría, sino de cálculo.

— ¡Rápido, métete a la cocina! —ordenó la matriarca con urgencia, tratando de ocultar el rastro del parto inminente—. ¡Que no te vea así!

Pero Elena ya no podía moverse. Estaba atrapada en el clímax de una contracción que le robaba el aire. Se quedó allí, en medio del pasillo, rodeada de espuma y dolor, justo cuando la gran puerta de roble se abrió de par en par.

Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad
Publicidad