El día que me avisaron que había muerto, corrí a su casa deshecho por todo lo que no dije. Entre sus cosas encontré una libreta donde anotaba cada vez que me había llamado. Ochenta y tres veces en dos años. Ochenta y tres.
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Al lado de cada fecha había una frase corta. ‘Contestó el buzón otra vez.’ ‘Su voz sonaba cansada en el saludo.’ ‘Hoy no llamé, para no molestar.’ Leía mi ausencia contada por la persona que más me esperaba.
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