Esa noche le pregunté quién era el señor. ‘Se llama Don Emilio. Dice que su familia se olvidó de él. Yo no quiero que se olviden de él, entonces almuerzo con él para que no esté solo.’ Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
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Al día siguiente empecé a preparar dos almuerzos. Uno para mi hijo, otro para Don Emilio. Después me sumé yo. Después se sumó mi esposa. El banco del parque se volvió nuestra mesa de los martes.
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