Sabemos que te quedaste con el corazón en un hilo, y por eso estamos aquí para contarte el resto de esta historia que no te dejará indiferente.
El aire dentro de «El Palacio de los Sueños» se sentía denso, casi irrespirable.
Lucía, una joven de apenas veintidós años con ojos brillantes y manos que siempre olían a colonia de bebé, sostenía con delicadeza aquella muñeca de porcelana.
Era una pieza única, con un vestido de seda azul y rizos dorados que parecían cobrar vida bajo las luces dicroicas de la tienda.
Frente a ella, Don Alberto la miraba con una mezcla de esperanza y vergüenza.
Sus manos, curtidas por décadas de trabajo rudo, temblaban ligeramente.
Su saco estaba raído en los codos y sus zapatos, aunque limpios, mostraban las cicatrices de mil batallas contra el pavimento.
—Es para mi nietecita, señorita —susurró el anciano, con una voz que parecía quebrarse como el cristal—.
—Ella está en el hospital… dice que si tiene a esta «princesa» con ella, tendrá fuerzas para la operación.
Lucía sintió un nudo en la garganta que apenas la dejaba tragar saliva.
Ella sabía perfectamente que esa muñeca costaba más que tres meses de su sueldo básico.
También sabía que aquel hombre, por más que buscara en todos sus bolsillos, no reuniría ni la décima parte del valor.
—No se preocupe, abuelo —dijo Lucía en un susurro, mirando de reojo hacia la oficina del fondo—.
—Yo… yo tengo unos ahorros. Déjeme ayudarlo. No puedo dejar que esa pequeña pase por esto sola.
Don Alberto abrió los ojos con asombro, una lágrima solitaria surcando su mejilla arrugada.
—¿Haría eso por un desconocido, hija? —preguntó él, incrédulo.
—No es por usted, es por el corazón de esa niña —respondió ella con una sonrisa triste.
Pero la calidez del momento fue interrumpida por un sonido seco, metálico y autoritario.
Tac. Tac. Tac.
Eran los tacones de Regina, la gerente de la sucursal, que se acercaba como un halcón divisando a su presa.
Regina era una mujer que vestía de diseñador, con el cabello recogido en un moño tan apretado que parecía estirarle las ideas.
Para ella, la tienda no era un lugar de sueños, sino un templo a la exclusividad donde la «gente como ese viejo» no tenía cabida.
—¿Qué está pasando aquí, Lucía? —preguntó Regina, cruzándose de brazos y barriendo a Don Alberto con una mirada de asco profundo.
—Este señor… él necesita una muñeca para su nieta enferma, jefa. Yo iba a…
—¿Tú ibas a qué? —interrumpió Regina con una risa gélida—.
—¿A regalar el inventario de la tienda a un indigente? ¿O a perder el tiempo con alguien que claramente no puede pagar ni el aire que respira aquí dentro?
Don Alberto bajó la cabeza, apretando su gorra vieja contra el pecho.
—Señora, por favor, la señorita solo quería ser amable —intentó mediar el anciano.
—Usted cállese —sentenció Regina, señalándolo con un dedo perfectamente manicurado—.
—Este es un establecimiento de lujo, no una casa de beneficencia. Salga de aquí antes de que llame a seguridad por mendicidad.
Lucía, sintiendo que la sangre le hervía de indignación, dio un paso al frente.
—Él no está mendigando, Regina. Él tiene una necesidad real. Y yo voy a pagar la muñeca con mi bono de fin de año.
La cara de Regina se transformó. La furia reemplazó a la arrogancia.
—¿Ah, sí? ¿Vas a usar el dinero que esta empresa te da para ayudar a este despojo?
Lo que sucedió después dejó a los pocos clientes de la tienda en un silencio sepulcral.
Regina arrebató la muñeca de las manos de Lucía con una violencia innecesaria.
—Esta muñeca no es para gente como él —gritó la gerente.
Y, ante el horror de todos, soltó el juguete.
La porcelana impactó contra el suelo de mármol, estallando en mil pedazos que brillaron como estrellas muertas bajo las luces del techo.
El vestido de seda azul quedó manchado por el polvo y la cara de la «princesa» se partió justo por la mitad.
—¡No! —gritó Lucía, cayendo de rodillas para intentar recoger los fragmentos.
Don Alberto no dijo nada. Se limitó a mirar los restos del juguete con una tristeza tan profunda que parecía pesar más que el edificio entero.
—Ahora, Lucía —dijo Regina, limpiándose las manos con un pañuelo de seda—, recoge tus cosas. Estás despedida por insubordinación y por poner en riesgo el prestigio de la marca.
—Y usted —añadió mirando a Don Alberto—, fuera de mi vista. Si lo vuelvo a ver cerca, haré que lo arresten.
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