Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está por llegar a su punto máximo…
Lucía sentía que el mundo se le venía abajo.
Ese trabajo era el único sustento para su madre enferma y sus hermanos pequeños.
Sin embargo, a pesar del miedo que le atenazaba el estómago, no se arrepentía.
Se puso de pie, con los ojos rojos pero la frente en alto, y se acercó a Don Alberto.
—Lo siento tanto, abuelo… —le dijo, ignorando por completo los gritos de Regina—.
—Venga conmigo, tengo un poco de efectivo en mi bolso, buscaremos otro lugar, algo que pueda comprar para su niña.
Don Alberto la miró fijamente. En sus ojos ya no había tristeza, sino una extraña y penetrante intensidad.
—Eres una buena mujer, Lucía —dijo el anciano con una calma que resultaba inquietante en medio del caos—.
—Has demostrado más valor y humanidad en cinco minutos que muchas personas en toda una vida.
Regina soltó una carcajada estridente, mientras llamaba por su radio al guardia de seguridad del centro comercial.
—¡Qué conmovedor! —se burló la gerente—. Dos perdedores consolándose entre sí.
—Seguridad, saquen a estas dos molestias de mi tienda ahora mismo. Están asustando a la clientela de verdad.
Don Alberto suspiró. Se enderezó, y de repente, su estatura pareció aumentar.
Ya no se veía como un anciano frágil, sino como alguien que poseía una autoridad natural e inquebrantable.
Metió la mano en el bolsillo interno de su saco raído y sacó un teléfono inteligente de última generación.
Regina lo miró con desprecio, pensando que seguramente era robado.
—¿A quién vas a llamar, anciano? ¿A la policía para quejarte de que no te regalamos cosas? —rio ella, cruzándose de brazos.
Don Alberto no le respondió. Marcó un número rápido y esperó apenas dos segundos.
—Soy yo. Estoy en la sucursal 041, la de la Avenida Central. Sí, la «tienda insignia» —dijo con un tono de voz frío, cortante y perfectamente modulado—.
—Quiero que el Director General, el Jefe de Recursos Humanos y el equipo legal estén aquí en diez minutos. No, no es una sugerencia. Es una orden.
Regina se quedó helada. Esa voz no era la de un mendigo.
Ese era el tono de alguien acostumbrado a mover los hilos del mundo.
Sin embargo, su arrogancia era tan grande que rápidamente recuperó la compostura y soltó una risotada.
—¡Pero qué buen actor! —exclamó ella—. ¿A quién crees que engañas con ese teatrito?
—¡Seguridad! ¿Dónde están? ¡Sáquenlo ya!
El guardia de seguridad llegó corriendo, pero al ver a Don Alberto, se detuvo en seco.
Había algo en la mirada del anciano que le impedía ponerle una mano encima.
—Señora gerente… yo… —balbuceó el guardia.
—¡Haz tu trabajo, inútil! —chilló Regina, perdiendo los estribos—.
Don Alberto guardó su teléfono y miró a Lucía, que seguía sin entender nada de lo que pasaba.
—Hija, por favor, no te vayas. Quédate a mi lado un momento más —le pidió con dulzura.
—Pero Don Alberto, ella la va a tomar contra usted… —susurró Lucía preocupada.
—No te preocupes por mí. Preocúpate por los que olvidaron lo que es ser humano —respondió él.
Pasaron exactamente ocho minutos.
Regina seguía insultando y exigiendo que se marcharan, cuando de pronto, el silencio se apoderó del pasillo exterior de la tienda.
Tres hombres con trajes impecables de tres piezas y rostros pálidos de preocupación entraron a la tienda casi corriendo.
Los clientes se apartaron. Regina, al reconocerlos, cambió su expresión de furia por una de absoluta sumisión y sorpresa.
Eran los altos mandos de la corporación. Los hombres que ella solo veía en las revistas internas y en las conferencias anuales por video.
—¡Señor Director! ¡Qué sorpresa! —exclamó Regina, corriendo hacia ellos con una sonrisa falsa—.
—Justo a tiempo, tengo a un indigente y a una empleada rebelde causando disturbios. Estaba a punto de llamar a la policía.
El Director General, un hombre de unos cincuenta años con fama de ser implacable, ni siquiera la miró.
Pasó de largo, ignorando su mano extendida, y se detuvo frente al anciano del saco raído.
—Señor Presidente… —dijo el Director, haciendo una reverencia profunda que dejó a todos los presentes con la boca abierta.
—Le pedimos mil disculpas. No sabíamos que vendría hoy… y menos… de esta manera.
Lucía sintió que las piernas le flaqueaban.
Regina, por su parte, se puso de un color blanco cadavérico. Sus manos empezaron a temblar violentamente.
—»Señor… ¿Presidente?» —susurró Regina, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
Don Alberto se quitó la gorra vieja, revelando un cabello canoso perfectamente peinado que antes estaba oculto.
—Me dijeron que en esta sucursal el servicio al cliente era «excepcional» —dijo Don Alberto, mirando fijamente a Regina—.
—Así que decidí venir a verlo por mí mismo. Quería saber si mis empleados trataban a la gente con el respeto que nuestra marca pregona.
El anciano señaló los fragmentos de la muñeca de porcelana que aún yacían en el suelo.
—Lamentablemente, lo que encontré fue una basura —continuó con voz de trueno—.
—No me refiero a la muñeca rota. Me refiero a la calidad humana de quien dirige este lugar.
Regina intentó hablar, pero solo le salió un gemido ahogado.
—Señor… yo… yo no sabía… pensé que era un… un vagabundo… —tartamudeó ella, tratando de acercarse.
—Ese es el problema, Regina —dijo Don Alberto con desprecio—.
—Para ti, la dignidad humana depende del grosor de la billetera. Si yo hubiera entrado aquí con un traje de mil dólares, me habrías besado las manos.
—Pero entré como un abuelo desesperado por su nieta, y me trataste como a un animal.
Don Alberto se volvió hacia el Director General, quien sudaba frío a pesar del aire acondicionado.
—Quiero que esta mujer sea escoltada fuera de este edificio inmediatamente —ordenó el millonario—.
—No solo está despedida de esta tienda. Asegúrense de que no vuelva a trabajar en ninguna empresa vinculada a mi grupo. Su falta de ética es un peligro para cualquier negocio.
Regina cayó de rodillas, justo al lado de la muñeca que ella misma había destrozado.
—¡Por favor, señor! ¡Tengo una carrera, tengo deudas! ¡Fue un error! —suplicó entre sollozos.
—El error fue creer que podías humillar a los demás impunemente —sentenció Don Alberto—.
Mientras la seguridad se llevaba a una Regina deshecha en llanto, el millonario se volvió hacia Lucía.
La joven seguía en estado de shock, sin poder creer que el «abuelito humilde» fuera en realidad el dueño de todo ese imperio.
—Y ahora, hablemos de ti, Lucía —dijo Don Alberto, y su voz recuperó la calidez inicial.
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