Seguimos exactamente donde quedó la escena, con la tensión a punto de estallar…
Ricardo salió de la sala de seguridad con el arma oculta en la parte trasera de su pantalón, cubierta por su saco de corte italiano.
Subió las escaleras de mármol con una lentitud calculada, disfrutando, de una forma retorcida, el silencio de la casa que ahora se sentía como una tumba.
Cada escalón era un recordatorio de lo que Isabella significaba para él.
Recordó el día que la conoció en aquella gala benéfica, cómo su luz parecía eclipsar a todas las demás mujeres del salón.
Recordó su boda frente al mar y las promesas de «en las buenas y en las malas».
Pero las promesas, al parecer, tenían un precio que ella acababa de cobrar en efectivo.
Llegó a la puerta del despacho.
Se detuvo un momento, cerrando los ojos para tratar de controlar el temblor de sus manos.
No era miedo, era la adrenalina de la decepción absoluta.
Empujó la puerta suavemente.
Isabella estaba de espaldas, tarareando una melodía suave mientras terminaba de cerrar su bolso.
Al escuchar el chirrido de la puerta, se dio la vuelta con una elegancia ensayada, pero sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a su esposo allí, de pie, en las sombras.
—¡Ricardo! —exclamó ella, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me asustaste, mi amor. Pensé que tu cena duraría hasta tarde.
Él no contestó de inmediato.
Se limitó a caminar hacia el escritorio, rodeándola como un depredador que ya tiene a su presa acorralada.
—La cena se canceló, Isabella —dijo él, su voz era un susurro ronco—. Parecía que había asuntos más urgentes en casa que requerían mi atención.
Ella apretó el bolso contra su costado, un gesto instintivo de protección que no pasó desapercibido para Ricardo.
—¿Asuntos urgentes? ¿De qué hablas? Estás muy pálido, ¿te sientes bien? —ella se acercó, intentando poner su mano en la frente de él, pero Ricardo la esquivó con un movimiento brusco.
—No me toques —sentenció—. No con esas manos que acaban de profanar lo único que nos quedaba de respeto.
El rostro de Isabella se transformó.
La máscara de esposa abnegada se desmoronó por completo, dejando ver una mueca de fastidio y luego, de fría indiferencia.
—¿Así que me viste? —preguntó ella, dejando de fingir—. Supongo que Manuel se olvidó de decirme que instalaste cámaras nuevas.
—No fue Manuel el que falló, Isabella. Fuiste tú. ¿Por qué? Solo dime por qué.
Isabella soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor.
Se sentó en el borde del escritorio, cruzando sus piernas largas y estilizadas, como si estuviera a punto de negociar un contrato.
—¿Por qué? Porque estoy cansada de pedirte permiso para respirar, Ricardo. Porque este dinero no es nada para ti, pero para mí es mi libertad. Mi boleto de salida de esta jaula de oro que construiste a mi alrededor.
—¿Jaula de oro? —Ricardo sentía que la cabeza le iba a estallar—. Te lo di todo. Joyas, viajes, una vida que la mayoría solo puede soñar. Te amé con cada fibra de mi ser.
—Me amaste como se ama a un objeto valioso —replicó ella, su tono se volvió afilado como un bisturí—. Me exhibías en tus reuniones, me usabas para cerrar tratos, pero nunca me viste de verdad. Necesitaba mi propio camino, y este dinero me lo va a dar.
Ricardo sacó el arma y la puso sobre la mesa de madera noble.
El golpe seco del metal contra la madera hizo que Isabella diera un respingo.
—¿Crees que te vas a ir así de fácil? —preguntó Ricardo, sus ojos inyectados en sangre—. ¿Crees que después de robarme y escupir sobre nuestra vida juntos, simplemente vas a cruzar esa puerta?
—¿Qué vas a hacer, Ricardo? ¿Matarme? —ella lo desafió, aunque sus dedos empezaron a juguetear nerviosamente con la correa del bolso—. No tienes el valor. Eres un hombre de negocios, no un criminal.
—Un hombre de negocios sabe cuándo una inversión se ha perdido, Isabella —dijo él, acercándose tanto que podía oler el perfume de ella, ese aroma que antes lo hipnotizaba y que ahora le revolvía el estómago—. Pero también sabe cómo minimizar los daños.
En ese momento, el teléfono de Isabella empezó a sonar dentro del bolso.
Ella intentó alcanzarlo, pero Ricardo fue más rápido.
Le arrebató el bolso, lo abrió y vació todo el contenido sobre el escritorio.
Los fajos de billetes cayeron con un sonido sordo, mezclándose con cosméticos caros y las llaves de un auto que él no reconocía.
Ricardo tomó el teléfono. En la pantalla aparecía un nombre: «Adrián».
—¿Quién es Adrián, Isabella? —preguntó él, con una calma que precedía a la tormenta.
Ella guardó silencio, apretando los labios.
—¿Es él quien te está esperando? ¿Es con él con quien planeabas gastarte mi dinero? —la voz de Ricardo subió de volumen por primera vez—. ¡Contéstame!
Isabella se levantó, intentando recuperar su compostura.
—Es alguien que me valora por quien soy, no por el apellido que llevo. Y sí, nos vamos esta noche. Así que apártate de mi camino, Ricardo. Ya tienes tu dinero de vuelta, déjame ir.
—Oh, no —dijo Ricardo, con una sonrisa sombría que le erizó la piel a su esposa—. El dinero es lo de menos ahora. Lo que me importa es que aprendas que nadie se burla de mí y sale ileso.
Ricardo caminó hacia la ventana que daba al gran jardín.
Afuera, las luces de la patrulla que Don Manuel finalmente había llamado empezaban a reflejarse en los cristales, pero Ricardo hizo una señal hacia la oscuridad.
De las sombras del jardín, dos hombres corpulentos aparecieron, escoltando a un joven que lucía aterrorizado, con la ropa desaliñada y el rostro amoratado.
Isabella ahogó un grito al reconocerlo.
—¿Adrián? —susurró ella, pegándose al cristal.
—Parece que tu «libertad» llegó un poco antes de lo esperado —dijo Ricardo, guardando el arma en su cintura—. Pero no te va a gustar el destino de este viaje.
Ricardo se giró de nuevo hacia la cámara que seguía grabando cada segundo del drama.
—¿Pensaban que esta era una simple historia de robo? —preguntó a la audiencia invisible—. No conocen la verdadera cara de Isabella. Y lo que estoy a punto de revelarles cambiará todo lo que creen saber sobre la justicia.
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