Estás en la parte 2: la historia continúa…
El trayecto hacia mi casa fue el más largo de mi vida.
Cada semáforo en rojo se sentía como una eternidad, cada peatón cruzando la calle me parecía un espía enviado por el hombre del traje gris.
Miraba por el espejo retrovisor cada dos segundos, esperando ver el auto de los secuestradores, pero solo veía el tráfico habitual de la tarde.
La ciudad seguía su curso, ajena al hecho de que mi mundo se estaba cayendo a pedazos.
Llegué a mi barrio, un pequeño vecindario de casas sencillas pero cuidadas.
Al estacionar frente a mi hogar, el silencio me golpeó como un mazo.
Ya no estaban las risas de Lucía corriendo por el jardín, ni el sonido de la televisión con sus dibujos animados.
Solo el viento moviendo las ramas del viejo roble que ella tanto amaba.
Entré corriendo, tirando la puerta principal.
La casa olía a ella, a su champú de manzana y a los crayones que siempre dejaba esparcidos.
Fui directo a su habitación.
La cuna, ahora vacía, me rompió el alma de nuevo.
Me arrodillé y metí la mano debajo del colchón.
Ahí estaba. El sobre manila, frío y pesado.
Lo saqué con manos temblorosas.
Por un segundo, la curiosidad me venció.
¿Qué podía ser tan importante como para que mataran a un detective y secuestraran a una niña?
Abrí el sobre.
Había fotos.
Fotos de hombres poderosos —políticos que veía en las noticias, empresarios famosos— en reuniones que no parecían de negocios.
Y en el centro de todas ellas, el hombre del traje gris.
Pero lo más impactante no eran las fotos, sino los documentos.
Listas de embarques en el puerto, nombres de químicos, y un esquema de distribución que llegaba hasta las escuelas más humildes de la ciudad.
Estaban envenenando a nuestra gente, y el gobierno les estaba abriendo la puerta.
—Dios mío, Morales… ¿en qué te metiste? —susurré.
El teléfono que me habían dado en la delegación vibró en mi bolsillo.
Lo saqué con miedo. No era una llamada, era un mensaje de texto.
«Cinco minutos. El tiempo corre. Sal de la casa.»
Me guardé el sobre debajo de la camisa, sintiendo el papel frío contra mi piel.
Salí de la casa, pero no fui directo al auto.
Sabía que si entregaba esto así de fácil, Lucía y yo seríamos los siguientes en tener un «accidente».
Tenía que jugar mis cartas, aunque no tuviera ninguna.
Recordé que Morales siempre decía: «Si algo me pasa, ve a la vieja imprenta de Don Chente».
Don Chente era un hombre mayor, casi ciego, que había pasado su vida imprimiendo periódicos clandestinos en los tiempos de la dictadura.
Era el único en quien Morales confiaba plenamente.
La dirección que me habían dado para la entrega estaba al otro lado de la ciudad, en una zona industrial abandonada.
Tenía cuarenta minutos para llegar.
La imprenta de Don Chente me quedaba de camino.
Manejé como un loco, esquivando autos y subiéndome a las aceras.
Llegué al local de Don Chente, una fachada descascarada con un letrero que apenas se leía.
Entré sin llamar.
—¡Don Chente! —grité.
El viejo salió de la parte de atrás, con las manos manchadas de tinta negra.
Me miró a través de sus gruesos lentes.
—Roberto… —dijo con voz ronca—. Tienes cara de haber visto al diablo.
—Lo vi, Don Chente. Se llevaron a Lucía. Morales está muerto.
El viejo no se inmutó, pero sus ojos se llenaron de una tristeza profunda.
Se quitó los lentes y los limpió con su delantal.
—Me lo temía. Ese muchacho siempre fue demasiado valiente para este país cobarde. ¿Qué tienes ahí?
Le mostré el sobre. Don Chente lo examinó rápidamente.
—Esto es dinamita, Roberto. Si esto sale a la luz, cae medio gabinete.
—No me importa el gabinete, Don Chente. Solo quiero a mi hija. Me pidieron que se lo entregue en media hora.
Don Chente me tomó de los hombros con una fuerza sorprendente para su edad.
—Si se lo entregas, te matarán, hijo. A ti y a la niña. No dejan cabos sueltos. Escúchame bien: necesito diez minutos. Solo diez.
—¡No tengo tiempo! —exclamé desesperado.
—¡Hazme caso! —me gritó el viejo—. Entra en esa oficina, tómate un vaso de agua y déjame trabajar. Si quieres salvar a Lucía, tienes que ser más inteligente que ellos.
Don Chente se llevó el sobre a una máquina vieja que parecía una fotocopiadora, pero mucho más compleja.
Empezó a trabajar con una velocidad asombrosa.
Yo caminaba de un lado a otro, sintiendo que cada segundo era un clavo en mi ataúd.
—Listo —dijo Don Chente después de lo que parecieron horas—. Aquí tienes el original. Y aquí tienes… algo más.
Me entregó el sobre manila, que parecía idéntico al anterior.
Pero también me dio un pequeño dispositivo, no más grande que una moneda.
—Es un rastreador —dijo—. Y esto… —me entregó un pequeño micrófono oculto en un botón—. Ponlo en tu camisa. Si logras que ese maldito confiese algo, aunque sea un segundo, se grabará y se enviará directamente a una nube que yo controlo. En cuanto tú me des la señal, esto se dispersará por internet a cada redacción de noticias del continente.
—¿Y cuál es la señal? —pregunté.
—Tú sabrás cuándo. Ahora vete. Y Roberto… no tengas miedo. El miedo es lo que ellos usan para alimentarse.
Salí de la imprenta con el corazón latiendo a mil por hora.
Llegué a la zona industrial justo a tiempo.
Era un complejo de almacenes oxidados, rodeados de maleza y escombros.
El sedán negro se detuvo frente a un galpón enorme con el número 14 pintado en la puerta.
El hombre del traje gris estaba allí, esperándome.
Esta vez no estaba solo.
Cuatro hombres armados con fusiles tácticos lo flanqueaban.
Al lado de ellos, una camioneta blanca con el motor encendido.
—Puntual —dijo el hombre del traje, mirando su reloj de oro—. Me gusta la gente que valora el tiempo. ¿Lo traes?
Saqué el sobre y lo levanté en el aire.
—¿Dónde está ella? —exigí.
El hombre hizo una señal con la mano.
La puerta trasera de la camioneta se abrió.
Un hombre bajó cargando a Lucía.
Ella estaba amordazada y sus manitos estaban atadas con precintos de plástico.
Al verme, sus ojos se abrieron de par en par y empezó a luchar desesperadamente.
—¡Mmmff! ¡Mmmff! —intentaba gritar.
—¡Lucía! —quise correr hacia ella, pero dos de los hombres me apuntaron directamente a la cabeza.
—Primero el sobre, Roberto —dijo el hombre del traje con una sonrisa gélida—. Negocios son negocios.
Caminé lentamente hacia él.
Cada paso pesaba una tonelada.
Le entregué el sobre manila.
Él lo abrió, revisó las fotos y los documentos con calma.
Asintió para sí mismo, satisfecho.
—Excelente. Has sido un buen ciudadano, Roberto. Realmente me sorprende tu cooperación.
—Ahora suéltala —dije, tratando de que mi voz no temblara.
El hombre del traje guardó el sobre en su saco y luego miró a sus hombres.
Hubo un silencio eterno.
El viento soplaba entre las láminas de metal del galpón, creando un silbido fantasmal.
—Verás, Roberto… —dijo él, sacando una pistola con silenciador de su funda—. El problema con los finales felices es que son muy poco realistas.
Apuntó el arma directamente a mi pecho.
Lucía empezó a gritar detrás de su mordaza, sus ojos llenos de terror puro.
—Tú sabes demasiado. Ella ha visto demasiado. Y yo no tengo intención de dejar que este pequeño inconveniente me persiga el resto de mi carrera.
—Espera —dije, levantando las manos—. Si me matas ahora, nunca sabrás dónde está la otra parte.
El hombre se detuvo, con el dedo en el gatillo.
Frunció el ceño.
—¿Qué otra parte? Morales me lo dio todo.
—Morales no era tonto —mentí, sintiendo el sudor frío rodar por mi espalda—. Hay una segunda carpeta. Una con los videos de las cámaras de seguridad del puerto. La tiene un abogado en un lugar seguro. Si yo no lo llamo en quince minutos con una frase clave, los videos se enviarán automáticamente a la Interpol.
El hombre del traje soltó una carcajada seca.
—Estás faroleando. Eres un carpintero, no un agente secreto.
—Un carpintero que ama a su hija más que a su propia vida —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Quieres arriesgarte? Esos videos muestran tu cara, recibiendo el cargamento el mes pasado.
El hombre del traje dejó de reír.
Su rostro se transformó en una máscara de odio.
Se acercó a mí, presionando el cañón de la pistola contra mi frente.
—Dime dónde está la carpeta. Ahora.
—Suelta a la niña primero. Déjala en la carretera, a un kilómetro de aquí. Cuando mi vecino la recoja y me llame, te diré dónde está todo.
El hombre apretó los dientes.
Podía ver la vena latiendo en su sien.
Estaba dudando. El poder absoluto no le servía de nada si había una prueba que no podía controlar.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero si me estás mintiendo, Roberto… te juro que desearás nunca haber nacido.
Hizo una señal a sus hombres.
Metieron a Lucía de nuevo en la camioneta.
Yo me quedé allí, solo con el hombre del traje y dos guardias, viendo cómo el vehículo que llevaba a mi hija se alejaba.
Mi corazón latía con tanta fuerza que pensaba que se saldría del pecho.
Todo dependía de lo que pasara en los próximos minutos.
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