Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento en que las máscaras empiezan a caer…
Mauricio Santillán estaba impaciente. Golpeaba su bolígrafo de oro contra la mesa de madera tallada, ignorando las miradas severas de los magistrados. Para él, su tiempo valía oro y estos «viejos estancados» lo estaban haciendo perder minutos valiosos.
—Señoría —dijo Mauricio, poniéndose de pie sin esperar turno—, si el demandante no se presenta en cinco minutos, solicito que se desestime el caso por falta de interés. Tengo una agenda muy apretada y…
—Siéntese, licenciado Santillán —interrumpió el Juez Presidente, un hombre de cabellos blancos llamado Ernesto Valdés. Su voz sonaba extrañamente hueca, casi temerosa.
—Pero, Señoría…
—¡He dicho que se siente! —tronó Valdés, y por primera vez, Mauricio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
En ese momento, las pesadas puertas del fondo se abrieron de par en par. El sonido fue como un cañonazo en el silencio sepulcral de la sala.
Mauricio se giró, esperando ver a un abogado rival o a algún magnate. Lo que vio lo dejó sin aliento, pero no por respeto, sino por una furia ciega.
Caminando por el pasillo central, con una parsimonia que denotaba un poder absoluto, venía el mismo hombre al que había humillado minutos antes.
Don Manuel ya no vestía el overol de conserje. Ahora lucía un traje negro hecho a medida, de un corte tan perfecto que hacía que el costoso traje de Mauricio pareciera un disfraz barato de carnaval. Caminaba erguido, con una autoridad que emanaba de cada poro de su piel.
A su lado, dos oficiales de la policía federal caminaban con las manos en sus cinturones, escoltándolo como si fuera el mismísimo presidente.
—¿Qué es esto? —gritó Mauricio, perdiendo los estribos—. ¡Seguridad! ¡Este hombre es un intruso! Es el de limpieza, ¡estaba manchando el piso de aceite hace un momento! ¿Cómo se atreve a entrar así?
Mauricio señaló al anciano con un dedo tembloroso de rabia.
—¡Saquen a este viejo mugroso de aquí ahora mismo! ¡Es una falta de respeto para este tribunal!
Pero nadie se movió para obedecerlo. Al contrario, lo que sucedió a continuación hizo que el mundo de Mauricio Santillán se desmoronara en un segundo.
El Juez Presidente Valdés, junto con los otros cuatro magistrados de la Corte Suprema, se pusieron de pie al unísono. Con un movimiento sincronizado, salieron de detrás del estrado y bajaron los escalones.
Mauricio observaba, con la boca abierta, cómo los hombres más poderosos de la justicia del país se inclinaban en una reverencia profunda ante el anciano.
—Señor Inspector Supremo —dijo Valdés con la voz temblorosa—, no sabíamos que llegaría hoy. Le pedimos disculpas por no haberlo recibido en la entrada como corresponde.
El anciano, que ahora parecía medir dos metros de altura por la pura fuerza de su presencia, se detuvo frente a Mauricio. El joven abogado estaba pálido, sus manos sudaban y sentía que las piernas le fallaban.
—No se preocupen, Valdés —dijo Don Manuel, su voz ahora era profunda, educada y cortante como un bisturí—. Quería entrar sin ser visto. Quería ver con mis propios ojos cómo se trata a la gente en los pasillos de este «templo de la justicia» cuando creen que nadie importante está mirando.
Don Manuel metió la mano en su bolsillo y sacó una insignia dorada, con el escudo nacional incrustado en diamantes y rubíes. La puso sobre la mesa de Mauricio, justo encima de sus documentos legales.
—¿Me reconoce ahora, licenciado Santillán? ¿O todavía huelo a «fracaso» y a «miseria»?
Mauricio intentó hablar, pero solo le salió un gemido ahogado. Sus ojos saltaban de la insignia al rostro del hombre y luego a los jueces, que no se atrevían a levantar la mirada del suelo.
—Yo… yo no sabía… señor… fue un malentendido… —balbuceó Mauricio, cayendo de rodillas en su silla—. Usted estaba… usted estaba limpiando…
—Estaba probando la integridad de este lugar —dijo Don Manuel, cruzando los brazos—. Derramé ese aceite a propósito para ver quién se detenía a ayudar, quién pasaba de largo y quién, como usted, usaba su posición para pisotear a un hombre mayor que consideraba inferior.
Don Manuel se acercó tanto que Mauricio pudo oler, no el aceite, sino un perfume sutil de sándalo y el aroma del papel antiguo.
—Usted dijo que mi trabajo era recoger lo que usted desechaba —continuó el Inspector Supremo—. Pues bien, hoy voy a recoger algo: su licencia de abogado. Y su libertad.
Mauricio sintió que el corazón se le detenía.
—¿De qué habla? ¡Usted no puede hacer eso por un simple insulto! —gritó Mauricio, tratando de recuperar una pizca de su arrogancia para defenderse.
Don Manuel sonrió, pero fue una sonrisa triste.
—Oh, joven Santillán. No lo arresto por ser un maleducado. Lo arresto porque mientras usted me gritaba en el pasillo, mis técnicos terminaron de auditar sus cuentas bancarias ocultas y sus conversaciones grabadas con los carteles que usted representa bajo la mesa.
El Inspector Supremo sacó un sobre de su saco y lo lanzó sobre la mesa.
—Usted pensó que era el dueño del mundo. Pero el mundo tiene una forma muy curiosa de poner a cada quien en su lugar, especialmente cuando hay manchas de aceite en el camino.
Mauricio miró el sobre. En la esquina superior se leía: «Investigación Especial: Red de Corrupción y Lavado de Dinero».
—Magistrado Valdés —ordenó Don Manuel sin quitarle la vista de encima a Mauricio—, proceda con la lectura de los cargos. Este hombre no volverá a ver la luz del sol como un ciudadano libre en mucho tiempo.
Los guardias avanzaron. El sonido de las esposas metálicas al abrirse fue el ruido más fuerte que Mauricio escuchó en su vida.
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