Continuamos con la historia justo donde la tensión se vuelve insoportable y el búnker se convierte en el escenario de una verdad inesperada…
El búnker no era una simple habitación reforzada; era un complejo subterráneo que se extendía mucho más allá de los límites de la propiedad.
Aurelio caminó hacia una pared de cristal que mostraba una serie de planos digitales.
Sus hombres, aún confundidos, empezaron a notar que el lugar tenía suministros para sobrevivir durante años.
Aire acondicionado silencioso, purificadores de agua, y una armería que haría palidecer a cualquier batallón.
—¿Cómo es que nunca supimos de esto, patrón? —preguntó uno de los escoltas más jóvenes, acariciando una de las paredes de concreto reforzado.
—Porque la mejor seguridad es la que nadie sabe que existe —respondió Aurelio sin quitar la vista de las pantallas.
En la superficie, el General Valenzuela empezaba a perder la paciencia.
Sus hombres habían registrado cada rincón, habían levantado las alfombras, golpeado las paredes buscando huecos y usado cámaras térmicas.
Pero la hacienda parecía haberse tragado a Aurelio y a su gente.
—¡Es imposible! —gritó Valenzuela, golpeando una mesa—. Las fuentes fueron claras. No salieron de aquí. ¡Busquen los planos originales de la construcción!
Aurelio, desde las sombras del subsuelo, activó un micrófono que enviaba su voz directamente a los altavoces ocultos en el salón principal de la hacienda.
—General, bienvenido a mi humilde hogar —la voz de Aurelio resonó con una claridad metálica, haciendo que Valenzuela saltara y sacara su arma.
—¿Dónde estás, Aurelio? —rugió el General, mirando al techo, a las paredes, a ninguna parte—. ¡Ríndete! No tienes salida. Tenemos toda la propiedad cercada.
—Usted siempre ha sido un hombre de acción, General, pero poco dado a la arquitectura —se burló Aurelio—. ¿Sabe quién diseñó los búnkeres de alta seguridad del Palacio de Gobierno hace quince años?
Valenzuela se quedó gélido. Recordaba vagamente un escándalo sobre un ingeniero civil brillante que había desaparecido tras entregar las obras más seguras del país.
—Aquel ingeniero no desapareció, General. Simplemente cambió de oficio —continuó Aurelio—. Usted está parado sobre mi obra maestra. Y lo más interesante es que, mientras usted cree que me tiene cercado, es usted quien acaba de entrar en mi trampa.
En ese momento, Aurelio presionó un comando en su consola.
Se escuchó un golpe seco en toda la superficie.
Las ventanas de la hacienda fueron cubiertas por persianas de acero blindado.
Las puertas de salida se sellaron con pernos hidráulicos que ningún explosivo convencional podría mover.
El General y sus cincuenta hombres de élite quedaron atrapados en el interior de la lujosa mansión.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Valenzuela, el pánico empezando a filtrarse en su voz profesional.
—Le estoy dando una lección sobre quién es el verdadero dueño de este territorio —dijo Aurelio.
Pero dentro del búnker, la tensión no era menor.
«El Chino» se movía inquieto. Sus ojos iban de Aurelio a la puerta de salida, y luego a su propio bolsillo.
Aurelio lo notó. Siempre lo había notado.
—Chino —dijo Aurelio suavemente, sin girarse—. Sé cuánto te pagaron.
El silencio en el búnker se volvió tan pesado que parecía difícil respirar.
Los otros hombres se giraron lentamente hacia El Chino, sus rostros transformándose de la confusión a la sospecha pura.
—Patrón, yo no… no sé de qué habla —tartamudeó El Chino, retrocediendo un paso.
—Te pagaron tres millones de dólares para entregar mis coordenadas hoy —dijo Aurelio, finalmente dándose la vuelta para mirarlo a los ojos—. Pensaste que una vez que los federales entraran, tú podrías escapar por el túnel de servicio que te dibujé en aquel mapa falso.
Aurelio caminó hacia él con una calma aterradora.
—El problema, Chino, es que ese túnel termina en una pared de concreto de tres metros de espesor. Me duele, de verdad me duele. Fuiste como un hijo para mí.
El Chino, desesperado, sacó una pequeña pistola que llevaba oculta en el tobillo, pero antes de que pudiera apuntar, los otros once hombres ya tenían sus fusiles entrenados en su pecho.
—No lo hagas —le advirtió uno de sus compañeros, con lágrimas de rabia en los ojos—. No hagas que esto sea peor.
Aurelio suspiró y volvió a mirar las pantallas.
El General Valenzuela estaba intentando desesperadamente comunicarse con el exterior, pero la señal estaba bloqueada por un inhibidor de frecuencias que cubría toda la zona.
—General —dijo Aurelio por el altavoz—, hay algo que debe saber. El hombre que me traicionó está aquí conmigo. Y el hombre que me vendió la información de que usted venía hoy… es su propio superior, el Coronel Mendoza.
Valenzuela se quedó mudo. La red de traiciones era mucho más profunda de lo que él imaginaba.
Él no estaba allí para hacer justicia; estaba allí para ser eliminado junto con Aurelio, borrando así cualquier rastro de los tratos sucios del Coronel.
—Estamos en el mismo barco, General —sentenció Aurelio—. Y si queremos salir vivos de esta, va a tener que escucharme con mucha atención.
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