Te quedaste con la duda de qué pasaría cuando las sirenas dejaran de sonar, y esa curiosidad te ha traído justo al lugar donde la verdad comienza a revelarse.
Don Aurelio no se inmutó cuando el primer estruendo de los rotores de los helicópteros hizo vibrar los cristales de la biblioteca.
Mientras sus hombres corrían de un lado a otro, con el rostro pálido y las manos temblorosas aferradas a sus radios, él simplemente dejó su taza de porcelana sobre la mesa de caoba.
—Ya están aquí, patrón —susurró «El Chino», uno de sus hombres de mayor confianza, cuya frente estaba empapada de un sudor frío que no lograba ocultar su nerviosismo.
Aurelio lo miró fijamente. No había ira en sus ojos, solo una especie de decepción profunda, casi paternal.
Afuera, la imponente Hacienda «Los Laureles» estaba siendo rodeada por un anillo de acero.
Camiones blindados, unidades de élite y francotiradores posicionados en las colinas circundantes.
Era una ratonera perfecta. Alguien había entregado las coordenadas exactas de la entrada secreta, los horarios de guardia y, lo más importante, la ubicación del arsenal.
—Mantengan la calma —dijo Aurelio, su voz resonando con una autoridad que parecía apagar el caos exterior—. No disparen ni una sola bala. No quiero que mis jardines se manchen de sangre innecesaria hoy.
Los hombres se miraron entre sí, confundidos. ¿Rendirse? Eso no estaba en el vocabulario de la organización.
Pero Aurelio tenía otros planes. Con un movimiento pausado, caminó hacia el gran óleo que retrataba a sus antepasados y presionó un relieve casi imperceptible en el marco de madera tallada.
Un zumbido hidráulico, casi inaudible bajo el estruendo de los altavoces federales que exigían su rendición, anunció la apertura de una pesada puerta de acero oculta tras la pared.
—Todos al búnker. Ahora —ordenó.
El descenso fue rápido. Bajaron por una escalera de caracol iluminada por luces LED de emergencia que se activaron al sentir su presencia.
El aire aquí abajo era distinto: frío, filtrado y con un ligero olor a ozono.
Era un espacio que pocos conocían, una obra maestra de la ingeniería oculta a treinta metros bajo el suelo fértil de la hacienda.
Mientras el último de sus doce hombres cruzaba el umbral, Aurelio se detuvo un momento.
Observó las cámaras de seguridad que transmitían en tiempo real lo que ocurría arriba.
Vio cómo las puertas principales de la hacienda eran derribadas con explosivos plásticos.
Vio a los soldados entrar en formación de diamante, barriendo cada habitación, cada pasillo que él mismo había caminado durante décadas.
—Patrón, nos van a encontrar —insistió El Chino, mirando frenéticamente las pantallas—. Tienen sensores de calor, tienen perros, tienen…
—Tienen lo que yo permití que tuvieran, hijo —lo interrumpió Aurelio con una sonrisa enigmática.
Se sentó frente a una consola de mando que parecía sacada de una película de ciencia ficción.
Sus dedos, largos y seguros, comenzaron a bailar sobre un teclado táctil.
En las pantallas, el mapa de la hacienda se iluminó en un rojo intenso, mostrando cada punto de entrada y salida bloqueado por compuertas de titanio que se activaron simultáneamente.
Arriba, el General Valenzuela, un hombre de piel curtida por el sol y ojos de cazador, caminaba por el salón principal con la prepotencia de quien sabe que ha ganado la guerra.
—Revisen hasta los cimientos —ordenó Valenzuela por su radio—. Aurelio está aquí. Siento su rastro. No dejen que escape por ningún túnel de ratas.
Lo que el General no sabía era que no estaba entrando en una casa, sino en una caja fuerte diseñada por la misma mente que ahora lo observaba desde la oscuridad.
Aurelio suspiró y miró a sus hombres, quienes seguían con las armas en alto, apuntando a la puerta cerrada del búnker.
—Bajen las armas —les dijo—. Aquí abajo, el único que tiene el control de la vida y la muerte soy yo. Y ustedes están a salvo… por ahora.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido de los pasos militares que retumbaban en el techo, recordándoles que el enemigo estaba a solo unos metros de distancia, sobre sus cabezas.
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