Lo Inexplicable

El secreto de la tumba vacía: la mujer que enterré hace seis meses acaba de aparecer frente a mí

7 min de lectura

Continuamos con la historia donde la dejamos, el peligro acecha a la vuelta de la esquina…

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Juan no lo pensó dos veces. El instinto de protección que creía dormido despertó con una furia volcánica. Agarró a Marian de la mano, con cuidado de no lastimarla pero con la firmeza necesaria para sacarla de allí, y empezaron a caminar a paso rápido, perdiéndose entre la multitud que salía de las oficinas.

—Por aquí, entra a este callejón —dijo Juan, empujándola suavemente hacia una entrada estrecha entre dos edificios antiguos.

Marian jadeaba. El peso de su embarazo le dificultaba el movimiento, y sus piernas, débiles por la mala alimentación de meses, amenazaban con fallarle. Juan la sostuvo por la cintura, sintiendo la dureza de su vientre contra su costado. Un hijo. Iba a ser padre y no lo sabía. El pensamiento le dio una fuerza sobrehumana.

Se refugiaron detrás de unos contenedores de basura industriales. El olor era insoportable, pero era el único lugar donde podían ocultarse momentáneamente. Juan asomó la cabeza con cautela. Los hombres del coche negro caminaban por la acera, escaneando el lugar con la frialdad de quien busca una presa.

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—Juan, escúchame —dijo Marian, recuperando el aliento—. No me queda mucho tiempo. He estado viviendo en los túneles del metro, moviéndome de noche. Me han estado buscando por toda la ciudad porque saben que tengo las pruebas.

—¿Pruebas de qué, mi vida? —preguntó Juan, acariciándole el cabello, tratando de calmar sus temblores.

—Ricardo —soltó ella. El nombre cayó como una bomba en el silencio del callejón.

Ricardo era el mejor amigo de Juan. Su socio fundador. El padrino de su boda. El hombre que lo había abrazado con más fuerza en el funeral de Marian, el que le había llevado whisky a casa para que pudiera dormir durante las noches de insomnio.

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—No… Ricardo no puede ser —dijo Juan, negando con la cabeza, sintiendo que la traición le quemaba el estómago—. Él me ayudó a levantar la empresa de nuevo tras tu… tras el accidente.

—Él causó el accidente, Juan —dijo Marian con una amargura que le heló la sangre—. Él manipuló los frenos del coche. Yo me di cuenta en el último segundo. Logré saltar antes de que el coche se fuera al vacío, pero quedé inconsciente en el matorral. Cuando desperté, vi a sus hombres llegar. Vi cómo ponían un cuerpo en el asiento del conductor. Un cuerpo que ya estaba muerto, Juan. Lo tenían todo planeado.

Juan sintió que se le revolvía el estómago. La imagen de Ricardo llorando en el cementerio pasó por su mente, pero ahora no veía dolor, sino una actuación magistral.

—Él sabía que yo había encontrado las cuentas secretas en las Islas Caimán —continuó Marian, sollozando—. Intentó matarme para silenciarme. He pasado seis meses escondida, esperando el momento de encontrarte a solas, sin que sus guardaespaldas te estuvieran vigilando. Porque te vigilan, Juan. Cada paso que das, cada llamada que haces… él lo sabe todo.

—Por eso no fuiste a la policía —concluyó Juan, atando cabos—. Porque él tiene a la mitad de la policía en su nómina.

Marian asintió, abrazándose el vientre.

—Solo quería que nuestro hijo naciera, Juan. Solo quería protegerlo. Pero ya no puedo más. Tengo miedo de que nazca en la calle, de que no tenga un futuro porque ese monstruo nos lo quitó todo.

Juan la estrechó contra su pecho. La rabia empezó a sustituir al miedo. Había vivido medio año sumido en una depresión oscura, deseando estar muerto, mientras el asesino de su felicidad se sentaba a su mesa y bebía de su copa.

—No te va a pasar nada, te lo prometo —le dijo al oído, con una determinación de acero—. No voy a permitir que te toquen un solo pelo. Ni a ti ni a nuestro bebé.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, mirando hacia la salida del callejón—. Si salimos, nos atraparán. Tienen ojos en todas partes.

Juan pensó rápido. Conocía a Ricardo. Sabía cómo operaba. El coche negro era solo la punta del iceberg. Seguramente ya habrían avisado a más gente.

—Tenemos que ir a la antigua casa de mi abuelo en las afueras —dijo Juan—. Nadie sabe que todavía conservo las llaves. Está abandonada, pero tiene un sótano seguro. Ahí podremos pensar.

—No podemos usar tu coche —advirtió Marian—. Tiene GPS. Ricardo lo rastreará en segundos.

Juan sonrió con amargura. Su socio creía que lo conocía, pero Juan siempre había tenido un as bajo la manga que nunca compartió con nadie: un viejo deportivo que guardaba en un garaje alquilado bajo un nombre falso, un capricho de juventud que nunca quiso vender.

—Camina conmigo, despacio. Vamos a cruzar por la tienda de departamentos. Hay una salida trasera que da a otra calle. Si logramos llegar al garaje de la calle 12, estaremos a salvo por hoy.

Salieron del escondite, tratando de parecer una pareja normal. Juan se quitó la chaqueta de marca y se la puso a Marian para cubrir sus harapos. Él se aflojó la corbata y se despeinó, intentando romper su imagen de ejecutivo impecable.

Cruzaron la tienda con el corazón en la garganta. Vieron a uno de los hombres de Ricardo entrar por la puerta principal. Juan empujó a Marian hacia los probadores, ocultándola entre las cortinas mientras el hombre pasaba a escasos metros de ellos. El silencio era tan denso que podían oír sus propios latidos.

Una vez que el hombre se alejó, escaparon por la puerta de servicio. Diez minutos después, estaban dentro del viejo motor rugiente del deportivo. Juan arrancó y salió del garaje con las luces apagadas, deslizándose por las sombras de la ciudad.

Durante el trayecto, el silencio fue sepulcral. Marian miraba por la ventana con una mezcla de alivio y terror. De vez en cuando, se tocaba el vientre y murmuraba palabras dulces, asegurándole al bebé que «papá ya está aquí».

Llegaron a la casa de campo cuando la luna ya estaba alta. Era una construcción de piedra, rodeada de maleza, que parecía un fantasma del pasado. Juan ayudó a Marian a bajar y la llevó adentro.

—Aquí estaremos bien por unas horas —dijo Juan, encendiendo una pequeña linterna—. Marian, necesito que me des todo lo que tengas. Si vamos a hundir a Ricardo, necesito las pruebas ahora mismo.

Ella se desabrochó un cinturón de tela que llevaba oculto bajo su ropa, pegado a su piel. Al abrirlo, sacó un pequeño pendrive envuelto en plástico.

—Aquí está todo, Juan. Las transferencias, los correos, las órdenes de compra fantasma… y la grabación de la noche en que me amenazó antes del accidente.

Juan tomó el dispositivo. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una sed de justicia que lo estaba consumiendo. Pero justo cuando iba a decir algo, el sonido de grava crujiendo bajo unos neumáticos fuera de la casa los dejó paralizados.

Unas luces potentes iluminaron las ventanas polvorientas de la casa.

—Nos encontró —susurró Marian, rompiendo en llanto—. Juan, nos encontró.

—¿Cómo? —preguntó Juan, desesperado, mirando el coche deportivo que creía seguro.

Entonces se dio cuenta. No era el coche. Metió la mano en su propio bolsillo y sacó su teléfono móvil de última generación. El dispositivo que nunca se quitaba. El regalo que Ricardo le había hecho por su cumpleaños hace tres meses para «mantenerse comunicados».

El teléfono brillaba en la oscuridad, emitiendo una señal de localización que había guiado al lobo directamente hasta el cordero.

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