Sombras del Pasado

El secreto en el dispositivo de plata: El día que la mujer invisible cambió el destino de la Torre Imperial

5 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa y el peligro acecha en cada rincón de la oficina…

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Elena escondió el teléfono detrás de su espalda con un movimiento instintivo, pero el pánico en sus ojos era demasiado evidente. Victoria entró al pequeño cuarto, su presencia llenando el espacio y haciendo que el olor a químicos de limpieza fuera reemplazado por su perfume de rosas caras y arrogancia.

«Te hice una pregunta, empleada. ¿O es que además de ser lenta para limpiar, ahora también eres sorda?», dijo Victoria, cruzándose de brazos. Sus ojos recorrieron la habitación con asco, deteniéndose en las manos de Elena que aún temblaban.

«Yo… solo estaba buscando un repuesto para el jabón, licenciada», balbuceó Elena, tratando de recuperar la compostura. «El derrame en la sala de juntas fue grande y…»

«El derrame fue culpa de tu torpeza», la interrumpió Victoria, dando un paso hacia adelante. «Y ahora que lo mencionas, me parece que tu presencia en este piso ya no es necesaria. He hablado con Recursos Humanos. Mañana no te molestes en venir. Tu falta de profesionalismo y tu… aspecto, están dañando la imagen de excelencia que proyectamos aquí».

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Elena sintió un frío glacial recorrerle la columna. Perder el trabajo significaba no poder pagar el alquiler, significaba que su hija tendría que abandonar sus estudios. El mundo se le venía abajo, y todo por el capricho de una mujer que estaba robando a manos llenas.

Fue en ese momento cuando algo cambió dentro de Elena. El miedo no se fue, pero fue sepultado por una indignación que le quemaba la garganta. Miró a Victoria a los ojos, algo que nunca se había atrevido a hacer.

«¿Mi aspecto, licenciada?», preguntó Elena con una voz que, para su sorpresa, sonó firme. «¿O es que tiene miedo de que vea algo que no debería?»

Victoria soltó una carcajada seca, llena de desprecio. «¿Tú? ¿Ver algo? Por favor, Elena. Eres parte del mobiliario. Nadie te ve. Nadie te escucha. Podrías desaparecer mañana y lo único que notaríamos sería que el piso tiene menos brillo. Ahora, dame lo que tienes en la mano».

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La ejecutiva extendió la mano, sus uñas perfectamente manicuradas brillando bajo la luz fluorescente. Había visto el brillo del teléfono de Elena.

«Es mi propiedad privada», respondió Elena, retrocediendo un paso.

«En este edificio, nada es privado si yo digo lo contrario. Dame ese teléfono o llamaré a seguridad ahora mismo para que te saquen esposada por robo. ¿Quién crees que le creerá a una mujer de limpieza contra la vicepresidenta?», amenazó Victoria, su voz volviéndose un susurro venenoso.

Elena sabía que tenía razón. En el mundo de cristal y acero de la Torre Imperial, la palabra de Victoria era ley. Pero Elena tenía algo que Victoria no sabía: el respaldo de Don Ricardo y la verdad grabada en un chip de silicio.

«Puede llamar a seguridad si quiere», dijo Elena, sintiendo una fuerza que no sabía que poseía. «Pero creo que antes debería echarle un vistazo a la carpeta titulada ‘Proyecto Sombra’. Me pregunto qué diría el dueño de la corporación si supiera que su fundación está financiando los diamantes que lleva puestos hoy».

El color desapareció del rostro de Victoria tan rápido que Elena pensó que se iba a desmayar. La máscara de perfección se agrietó, revelando a una mujer aterrorizada bajo las capas de maquillaje y ropa de lujo.

«¿De qué… de qué estás hablando?», tartamudeó Victoria, tratando de recuperar su tono autoritario, pero su voz falló.

«Hablo de las transferencias del día 15, licenciada. De los correos enviados desde su cuenta privada a las tres de la mañana. De cómo ha estado usando a la empresa para lavar su propia ambición», continuó Elena, dando un paso hacia adelante ahora, obligando a Victoria a retroceder contra los estantes de detergentes.

Victoria intentó abalanzarse sobre Elena para quitarle el teléfono, pero Elena fue más rápida. Esquivó el movimiento y salió del cuarto de suministros, corriendo por el pasillo hacia el ascensor privado que llevaba a la oficina del CEO, el señor Harrison.

«¡Detenla! ¡Seguridad!», gritó Victoria, saliendo tras ella con el rostro desencajado. «¡Esa mujer ha robado documentos confidenciales! ¡Deténganla!»

Dos guardias jóvenes que estaban en el pasillo dudaron. Conocían a Elena, siempre amable, siempre dispuesta. Pero las órdenes de la vicepresidenta eran órdenes. Se acercaron a ella, pero antes de que pudieran ponerle una mano encima, el ascensor se abrió y Don Ricardo salió de él.

«Déjenla pasar», ordenó Don Ricardo con una autoridad que no admitía réplicas.

«¡Ricardo, esta mujer es una criminal! ¡Tiene información robada!», chilló Victoria, llegando al grupo, sin aliento y con el cabello desordenado.

Don Ricardo miró a Victoria con una calma que la enfureció aún más. «Lo que ella tiene, licenciada, es la justicia que este edificio ha estado esperando por mucho tiempo. Doña Elena, el señor Harrison la espera. Él ya ha visto una copia de los archivos que le envié hace diez minutos».

Victoria se tambaleó, apoyándose en la pared. El mundo que había construido sobre mentiras y robos se estaba derrumbando bajo sus pies.

«No puedes hacerme esto…», susurró Victoria, mirando a Elena. «Soy la vicepresidenta. Tú no eres nadie».

Elena se detuvo frente a las puertas del ascensor y miró a la mujer que la había humillado tantas veces.

«Tiene razón, licenciada», dijo Elena con suavidad. «Para usted, siempre fui nadie. Y ese fue su mayor error. Porque los que somos ‘nadie’, vemos todo».

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