Continuamos con la historia justo en el momento en que la ambición choca de frente con la realidad…
Patricia caminaba de un lado a otro en la terraza, ignorando la belleza del atardecer que teñía el cielo de tonos púrpuras y anaranjados. Para ella, el paisaje solo era un valor agregado en el folleto de venta. Estaba impaciente. Roberto, su esposo, no contestaba las llamadas, pero eso no le importaba. Ella se sentía la dueña del mundo, la estratega que finalmente iba a capitalizar la fortuna de la familia Villagrán.
—¡Viejo! —gritó hacia la cabaña—. ¡Ya pasaron los diez minutos! ¡Sal de ahí ahora mismo!
La puerta de la cabaña se abrió. Pero no salió el Samuel que ella esperaba ver. No salió el hombre encorvado y sumiso que aceptaba sus insultos con la cabeza baja.
Samuel salió vistiendo una guayabera blanca, impecable, de un lino tan fino que Luis, el agente, reconoció al instante como una prenda de altísimo costo. El anciano caminaba con la espalda recta, con una autoridad que parecía emanar de la misma tierra que pisaba. En su mano derecha sostenía un cartapacio de cuero oscuro, desgastado por los años pero mantenido con un cuidado obsesivo.
—¿Qué es este teatro? —se burló Patricia, aunque una pequeña chispa de duda empezó a brillar en sus ojos—. ¿Te pusiste tu mejor ropa para ir a pedir limosna a la calle?
Samuel no respondió hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Luis, el agente, se mantuvo a una distancia prudente, presintiendo que el aire se cargaba de una electricidad estática peligrosa.
—Señora Patricia —comenzó Samuel, y su voz ya no sonaba áspera, sino profunda y resonante como un trueno lejano—, usted ha hablado mucho sobre herencias, sobre ventas y sobre quién sobra en esta casa. Ha tratado a este lugar como si fuera una mercancía y a mí como si fuera parte del abono.
—Es que lo eres —interrumpió ella, intentando recuperar el control—. Eres el jardinero. Un empleado. Nada más.
Samuel abrió el cartapacio de cuero. Con una parsimonia exasperante, extrajo un documento con sellos oficiales, timbres fiscales y una firma que Patricia reconoció de inmediato.
—Mi hijo Roberto es un buen hombre, pero siempre fue débil ante las voluntades fuertes —dijo Samuel, mirando fijamente a Patricia—. Cuando su madre murió, yo decidí retirarme. Decidí que quería vivir mis últimos años en paz, cuidando lo que ella más amaba: este jardín. Por eso dejé que todos creyeran que el «viejo Samuel» era solo el jardinero que se quedó por caridad.
Patricia sintió que el suelo empezaba a moverse bajo sus pies. Sus manos empezaron a temblar ligeramente. —¿De qué estás hablando? Roberto me dijo que su padre murió hace años en un viaje… que la casa pasó a él por…
—Roberto le mintió, señora —intervino Luis, el agente, que finalmente había unido las piezas del rompecabezas al leer el encabezado del documento que Samuel sostenía—. Él no es el dueño. Él solo tiene un permiso de residencia vitalicia condicionado por el verdadero propietario.
Samuel extendió el documento hacia Patricia. —Lea la cláusula cuarta, señora. Con cuidado. Especialmente la parte que habla sobre la enajenación de la propiedad sin el consentimiento del titular.
Patricia arrebató el papel. Sus ojos recorrieron las líneas con una velocidad frenética. «Yo, Samuel Villagrán, propietario único y legítimo de la finca registrada como La Mansión de los Rosales…».
—No… esto es falso. Es una falsificación —balbuceó ella, el color desapareciendo de su rostro hasta quedar de un tono cenizo—. ¡Roberto me dijo que él era el heredero! ¡Él firmó los documentos de preventa conmigo!
—Roberto firmó documentos que no valen ni el papel en el que están impresos —sentenció Samuel—. Yo nunca morí, Patricia. Simplemente decidí observar. Quería saber quién era la mujer que se había metido en mi familia. Quería ver si amaba a mi hijo o si solo amaba las paredes de esta mansión y el apellido que la sustenta.
La humillación de Patricia empezó a transformarse en una rabia ciega. —¿Me estuviste espiando? ¿Viviste como un pordiosero en esa cabaña solo para tenderme una trampa? ¡Eres un enfermo! ¡Un viejo manipulador!
—No, Patricia —respondió Samuel con tristeza—. Viví en esa cabaña porque allí es donde me siento cerca de mi esposa. Viví allí porque la sencillez me dio la claridad que la opulencia me había quitado. Y lo que vi en estos dos años fue a una mujer que maltrataba al personal, que presionaba a mi hijo para pedir préstamos que no podía pagar, y que hoy, finalmente, intentó vender mi hogar a mis espaldas.
En ese momento, un coche negro de alta gama entró por el portón principal. Era Roberto. Al bajar del auto, su rostro era un poema de terror. Al ver a su padre vestido de civil y a su esposa con el documento en la mano, supo que el juego había terminado.
—¡Roberto! —gritó Patricia corriendo hacia él—. ¡Dile a este viejo que ese papel no vale! ¡Dile que tú eres el dueño!
Roberto bajó la cabeza. No podía sostenerle la mirada ni a su esposa ni a su padre. —Lo siento, Patricia —susurró él—. Nunca tuve el valor de decírtelo. Papá siempre fue el dueño. Él solo me dejó administrar la empresa… pero la casa… la casa siempre fue suya.
Patricia se quedó petrificada en medio del camino de piedra. La mansión, que minutos antes sentía como su trofeo de guerra, ahora se alzaba ante ella como una fortaleza inalcanzable.
—Usted llamó a un agente de ventas —dijo Samuel, dirigiéndose ahora a Luis—. Pero no para vender la casa. Luis, hijo, gracias por venir. Sé que te pedí que vinieras bajo el pretexto de la valuación para ella, pero en realidad te necesito para otra cosa.
Luis asintió, sacando una carpeta que traía oculta en su maletín. —Todo está listo, Don Samuel.
Patricia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Qué es eso? ¿Qué más van a hacerme?
Samuel la miró con una frialdad que helaba la sangre. —La justicia, Patricia, a veces llega vestida de jardinero.
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