Lo Inexplicable

El secreto que latía bajo el mármol: El día que la crueldad de Doña Victoria se encontró con la verdad

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Sé que te quedaste con el corazón en la mano y por eso estás aquí: prepárate para lo que viene.

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A veces, el destino espera el momento de mayor oscuridad para encender una luz que lo cambie todo de golpe.

Elena sentía el frío del mármol calar hondo en sus rodillas, pero el frío más doloroso no era el del suelo, sino el que emanaba de las palabras de Doña Victoria.

—¡Límpialo! —gritó la mujer, cuya voz resonaba en las paredes de la inmensa mansión como un látigo—. ¡Límpialo con tus propias manos, que para eso te mantengo escondida en esta casa, como el animalito que eres!

Elena, con siete meses de embarazo pesándole en el vientre y en el alma, bajó la mirada.

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Frente a ella, un plato de sopa de lentejas se desparramaba por el suelo. Doña Victoria lo había tirado a propósito, disfrutando del gesto de terror en el rostro de la joven.

—Por favor, Doña Victoria… me duele mucho la espalda —susurró Elena, intentando sostenerse con una mano mientras con la otra buscaba un trapo que no tenía.

—¿Te duele? —se burló la mujer, acomodándose el collar de perlas que brillaba en su cuello—. Lo que te debería doler es la vergüenza de haber intentado atrapar a mi hijo con ese bastardo que llevas dentro.

Elena apretó los dientes. No era un bastardo. Era el hijo de Alejandro, el hombre que ella amaba y que, según Doña Victoria, la odiaba con toda su alma.

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Hacía meses que Doña Victoria le había asegurado que Alejandro se había ido del país, asqueado por su traición, y que solo la dejaba quedarse en el ala de servicio por «caridad cristiana».

—¡Que lo limpies, te he dicho! —insistió la mujer, acercando la punta de su zapato de diseñador a los dedos de Elena.

La joven se inclinó, sintiendo un pinchazo agudo en el vientre. Sus dedos tocaron el líquido tibio y los trozos de verdura esparcidos por el suelo de la cocina.

Cada movimiento era una agonía. Sus ojos se llenaron de lágrimas que amenazaban con caer sobre la comida desperdiciada.

Doña Victoria observaba la escena con una sonrisa gélida. Para ella, Elena no era más que un error que debía ser borrado, una mancha en el linaje perfecto de su familia.

—Mírate —continuó la mujer, su tono bajando a un susurro venenoso—. Una huérfana, una recogida… ¿De verdad pensaste que Alejandro se iba a casar contigo? Él ya está rehaciendo su vida con alguien de su clase.

Elena cerró los ojos con fuerza. El dolor físico era inmenso, pero el vacío en su pecho era peor.

Alejandro… su Alejandro. El hombre que le prometió que siempre la protegería. ¿Cómo pudo haber cambiado tanto?

—Termina de recoger eso y lárgate a tu cuarto. No quiero oler tu presencia cuando llegue el personal de limpieza —sentenció Victoria, dándose la vuelta para marcharse.

Pero en ese preciso instante, un sonido rompió el pesado silencio de la mansión. No era el viento, ni el crujir de la madera vieja.

Eran pasos. Pasos firmes, rápidos, que venían desde el pasillo principal. Unos pasos que Elena reconocería incluso en la oscuridad más profunda.

Doña Victoria se quedó petrificada. Su rostro, antes lleno de una soberbia inquebrantable, se puso pálido como la cera.

—¿Mamá? —la voz de Alejandro retumbó en la estancia, cargada de una mezcla de confusión y algo que se parecía mucho a la furia.

Elena levantó la cabeza. El tiempo pareció detenerse.

Ahí estaba él, en el umbral de la puerta. No estaba en el extranjero. No estaba feliz. Tenía ojeras profundas y el rostro demacrado de alguien que ha vivido un luto eterno.

Sus ojos recorrieron la escena: su madre, de pie con aire de verdugo, y Elena, la mujer que él creía muerta, de rodillas en el suelo, humillada y con un vientre que gritaba la verdad que le habían robado.

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