Lo Inexplicable

El secreto que latía bajo el mármol: El día que la crueldad de Doña Victoria se encontró con la verdad

6 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento del impacto…

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El maletín de cuero de Alejandro cayó al suelo con un golpe seco, pero él ni siquiera lo notó. Sus ojos estaban clavados en Elena, quien seguía de rodillas, con las manos manchadas de sopa y el rostro bañado en lágrimas.

—¿Elena? —su voz fue apenas un susurro quebrado, como si estuviera viendo un fantasma—. ¿Estás… estás viva?

Doña Victoria reaccionó con la rapidez de una serpiente acorralada. Se interpuso de inmediato entre su hijo y la joven, tratando de tapar la visión de Elena con su propio cuerpo.

—¡Alejandro, hijo! No deberías haber entrado por aquí —dijo con una risa nerviosa que sonaba a cristal roto—. Esta… esta muchacha es solo una indigente que recogí de la calle por compasión. Está un poco mal de la cabeza, cree que te conoce.

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Alejandro no se movió. No apartó la mirada. La mentira de su madre era tan burda, tan desesperada, que solo alimentó el fuego que empezaba a arder en su pecho.

—¿Indigente? —Alejandro apartó a su madre con una firmeza que la dejó muda—. Mamá, he pasado seis meses llorando frente a una tumba vacía porque me dijiste que ella y mi hijo habían muerto en aquel accidente de autobús.

Elena, al oír aquellas palabras, sintió que el mundo le daba vueltas.

¿Muerta? ¿Él creía que ella estaba muerta?

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—Alejandro… —logró decir ella, estirando una mano temblorosa hacia él.

Él se lanzó al suelo, sin importarle sus pantalones caros ni la suciedad del piso. Tomó las manos de Elena entre las suyas, ignorando el olor a comida y el frío del mármol.

—Mi amor, perdóname… por Dios, perdóname —sollozó Alejandro, pegando su frente a la de ella—. Me dijeron que te habías ido, que no habías sobrevivido… me mostraron papeles, fotos…

—Ella me dijo que tú me odiabas —logró articular Elena entre sollozos—. Me dijo que habías pagado para que me fuera y que el bebé no era nada para ti.

Alejandro giró la cabeza hacia su madre. Su mirada ya no era de dolor, sino de puro odio contenido. Victoria retrocedió, chocando contra la encimera de granito de la cocina.

—¡Lo hice por ti! —gritó la mujer, perdiendo finalmente la compostura—. ¡Esa mujer iba a arruinar tu futuro! ¡Un hijo con la sirvienta! ¿En qué estabas pensando? ¡Tenía que salvar el apellido!

—¿Salvar el apellido? —Alejandro se puso de pie lentamente, pero sin soltar la mano de Elena—. Has mantenido a la mujer que amo encerrada en el ala de servicio, humillándola, haciéndole creer que yo era un monstruo… ¡mientras yo me hundía en el alcohol pensando que los había perdido!

—Ella no es de los nuestros, Alejandro. Mírala, ahí tirada como lo que es —insistió Victoria, señalando a Elena con un dedo tembloroso por la rabia.

Alejandro miró a Elena. Vio su ropa gastada, su palidez, y luego bajó la mirada a su vientre. Un bulto prominente que se movió justo en ese momento, como si el bebé supiera que su padre finalmente estaba allí.

—Ese niño es mi sangre —dijo Alejandro con una calma aterradora—. Y ella es mi esposa. Porque nos casamos en secreto antes de que tú empezaras con este circo de mentiras.

Victoria abrió la boca, pero no salió ningún sonido. El secreto que ella creía tener bajo control se estaba desmoronando segundo a segundo.

Alejandro ayudó a Elena a levantarse con una delicadeza infinita. La abrazó como si fuera el tesoro más frágil del mundo, sintiendo el calor de su cuerpo después de tantos meses de frío invierno en el alma.

—¿Cómo pudiste, mamá? —preguntó Alejandro, con voz ronca—. ¿Cómo pudiste obligarla a limpiar el suelo en su estado?

—¡Es una malagradecida! —chilló Victoria—. ¡Le di un techo! ¡Le di comida!

—Le diste un infierno —corrigió él—. Pero ese infierno se acaba hoy.

Alejandro sacó su teléfono celular y marcó un número de memoria.

—¿Ricardo? Sí, ven a la casa principal. Trae a los de seguridad. Y llama a mi abogado. Ahora mismo.

Doña Victoria palideció aún más. Ricardo era el jefe de seguridad de la familia, un hombre que respondía directamente a Alejandro desde que él había tomado las riendas de la empresa familiar tras la muerte de su padre.

—¿Qué vas a hacer, Alejandro? —preguntó la mujer con voz trémula—. Soy tu madre… no puedes hacerme nada.

—Tú dejaste de ser mi madre el día que decidiste enterrar viva a la mujer que amo —sentenció él—. Ahora, vas a subir a tu habitación y vas a preparar una maleta. Tienes exactamente una hora para salir de esta casa.

—¡Tú no puedes echarme! ¡Esta casa es mía! —gritó ella, fuera de sí.

—Revisa el testamento de papá, Victoria —dijo Alejandro, usando su nombre de pila por primera vez—. La mansión y la fortuna pasan a nombre del primer nieto varón o, en su defecto, al heredero directo si este contrae matrimonio legal. Y como te acabo de decir, Elena y yo estamos casados ante la ley desde hace ocho meses. Ella es la dueña legal de este lugar. Tú solo eres una invitada que acaba de perder su derecho de estancia.

Elena se apoyó en el hombro de Alejandro, sintiendo que por fin podía respirar. El aire, que antes le faltaba, ahora llenaba sus pulmones de una esperanza renovada.

Sin embargo, Doña Victoria no se iba a rendir tan fácilmente. Sus ojos brillaron con una malicia renovada mientras miraba el vientre de Elena.

—¿Estás tan seguro de que ese hijo es tuyo? —lanzó la mujer, como una última flecha envenenada—. ¿Quién sabe qué hacía esta mosquita muerta mientras tú no estabas?

Alejandro apretó el puño, pero no cayó en la provocación. Sabía perfectamente quién era Elena.

—Vamos, Elena —dijo él, ignorando a su madre—. Vamos al hospital. Quiero que un médico te revise. Y después, vamos a empezar a limpiar esta casa… pero no de la sopa que tiraste, sino de toda la basura que tú has acumulado aquí.

Mientras caminaban hacia la salida, Doña Victoria empezó a gritar insultos, perdiendo toda la elegancia que tanto presumía. Pero algo ocurrió justo cuando cruzaban el umbral del gran salón.

Elena se detuvo en seco, llevándose las manos al vientre con un gesto de dolor agudo.

—¡Alejandro! —gemido—. ¡El bebé!

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