Finales Escalofriantes

El silencio de las paredes de cristal: Cuando el miedo se esconde tras los diamantes

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Sé que te quedaste con el corazón en un hilo y no podías esperar un segundo más para saber cómo termina esta historia; aquí tienes el desenlace completo.

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A veces, el destino espera hasta que tocamos el fondo más oscuro para encender una luz que ni siquiera sabíamos que existía.

Elena sentía el frío del mármol atravesando la seda de su camisón, pero ese frío no era nada comparado con el que emanaba de los ojos de Julián. Él no era el hombre del que se había enamorado tres años atrás. Frente a ella estaba un desconocido, un hombre consumido por la paranoia y el poder, que ahora la sujetaba con una fuerza que le cortaba la circulación del brazo.

—¿A quién llamaste, Elena? —preguntó Julián, con una voz que era un susurro letal—. Te lo voy a preguntar una última vez. ¿A quién le pediste ayuda?

Elena apretó los labios. Sentía una punzada de dolor en el vientre, un recordatorio de que no solo estaba luchando por su vida, sino por la del pequeño ser que crecía dentro de ella. Siete meses de embarazo y ahí estaba, acorralada en el rincón de su propia habitación, en una mansión que se sentía más como un mausoleo que como un hogar.

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—No llamé a nadie, Julián… Estás imaginando cosas —mintió ella, aunque su voz temblaba—. Solo quería saber si el jardín estaba listo para la cena de mañana.

Julián soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de alegría. Tiró el teléfono celular de Elena contra la pared, haciéndolo añicos. Los cristales saltaron por el aire como pequeños diamantes rotos.

—No me mientas. Vi el registro. Una llamada oculta de diez minutos. Diez minutos en los que seguramente les contaste a tus «amiguitos» lo malo que soy contigo. ¿Crees que alguien te va a creer? ¿Crees que alguien en esta ciudad se atrevería a ir en contra de un De la Vega?

Él se acercó más, invadiendo su espacio personal, rodeándola con ese olor a whisky y perfume caro que ahora le revolvía el estómago. Elena cerró los ojos, esperando lo peor. Sabía que en este mundo de apariencias, de cenas de caridad y fotos en revistas de sociedad, los gritos se ahogaban fácilmente tras las paredes insonorizadas.

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Julián levantó la mano. No era la primera vez que la amenazaba, pero esta vez había algo diferente en su mirada. Era una furia desatada, el miedo de un hombre que sabe que su secreto más oscuro está a punto de ser revelado. Elena recordó el documento que había encontrado en el despacho de él: las pruebas de los negocios turbios, el desvío de fondos de la fundación familiar, y algo mucho peor que involucraba a personas muy peligrosas.

—Eres una malagradecida —escupió él—. Te saqué de la nada. Te di este apellido. Te di estas joyas. Y así me pagas, ¿traicionándome?

Elena abrió los ojos y, por primera vez, no hubo miedo en ellos, sino una determinación feroz.

—No te estoy traicionando, Julián. Me estoy salvando. Y estoy salvando a mi hijo de convertirse en un monstruo como tú.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Julián levantó el brazo con la intención clara de descargar toda su frustración sobre ella. Elena se cubrió el vientre, encogiéndose, esperando el impacto que marcaría el final de su silencio.

Pero el golpe nunca llegó.

En lugar de eso, un estruendo sacudió la habitación. Las pesadas puertas dobles de roble se abrieron de par en par con una violencia que hizo que Julián se detuviera en seco.

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