Finales Escalofriantes

El silencio de las paredes de cristal: Cuando el miedo se esconde tras los diamantes

5 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino decidió intervenir…

Publicidad

El eco del golpe de las puertas contra las paredes todavía resonaba cuando la figura de un hombre se recortó contra la luz del pasillo. No era un extraño. Era la última persona que Julián esperaba ver a esa hora de la noche, y la única que todavía le inspiraba un respeto que rayaba en el terror.

Don Valente de la Vega, el patriarca de la familia, entró en la habitación con la parsimonia de un rey que camina por sus dominios. Detrás de él, cuatro hombres de su seguridad privada, vestidos de negro y con rostros de piedra, se desplegaron rápidamente, bloqueando cualquier salida.

—Baja la mano, Julián —dijo Don Valente. Su voz no era alta, pero tenía el peso de una sentencia judicial.

Julián se quedó petrificado. Sus dedos, que hace un segundo estaban cerrados en un puño, se abrieron lentamente. El sudor empezó a perlar su frente.

Publicidad

—Padre… ¿qué haces aquí? Es tarde… Elena y yo solo estábamos… —la voz de Julián se quebró, buscando una excusa que no existía.

Don Valente no le quitó la vista de encima a su hijo. Caminó hacia Elena, quien seguía en el suelo, temblando. Con una delicadeza que nadie esperaría de un hombre conocido por su mano de hierro en los negocios, el anciano le extendió la mano.

—Levántate, hija —le dijo con suavidad—. Ya no tienes que esconderte en los rincones.

Elena tomó la mano de su suegro y se puso de pie, apoyándose en él. Don Valente la miró a los ojos y asintió levemente, un gesto de reconocimiento que Julián no comprendía.

Publicidad

—Padre, no sé qué te habrá dicho ella, pero está histérica por el embarazo —insistió Julián, recuperando un poco de su arrogancia—. Sabes cómo se ponen las mujeres. Ha estado inventando historias, haciendo llamadas locas…

Don Valente se giró hacia su hijo. La decepción en su rostro era tan profunda que parecía haber envejecido diez años en un segundo.

—La llamada no fue «loca», Julián. La llamada fue para mí.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Julián retrocedió un paso, tropezando con la alfombra persa. Su rostro, antes rojo de ira, se volvió de un blanco cadavérico.

—¿Tú…? ¿Elena te llamó a ti? —balbuceó Julián.

—Ella no llamó para quejarse de tus modales, hijo —continuó Don Valente, dando un paso hacia él—. Llamó porque ya no podía cargar con el peso de tus crímenes. Llamó porque, a diferencia de ti, ella sí tiene honor. Ella me contó todo lo que has estado haciendo con las cuentas de la empresa. Todo lo que has estado ocultando bajo mi propio techo.

Julián intentó hablar, pero las palabras se le atoraban en la garganta. Miró a Elena con un odio renovado, pero esta vez, ella no bajó la mirada. Estaba protegida por el hombre más poderoso de la familia, el mismo hombre que Julián siempre había intentado impresionar y a quien ahora le tenía un miedo cerval.

—Pensé que eras inteligente —susurró Don Valente, acercándose tanto a Julián que podía oler el alcohol en su aliento—. Pero eres un cobarde. Un cobarde que levanta la mano a una mujer embarazada porque no tiene el valor de enfrentar sus propios fracasos. Me das asco. No eres un De la Vega. Eres solo un error que hoy voy a empezar a corregir.

Don Valente hizo una señal a sus hombres de seguridad. Dos de ellos avanzaron hacia Julián.

—¿Qué haces? ¡Soy tu hijo! —gritó Julián, tratando de zafarse mientras los hombres lo sujetaban por los brazos—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Elena está loca, ella te está mintiendo para quedarse con todo!

—Cállate —rugió Don Valente—. Tengo los documentos. Tengo las grabaciones. Y lo más importante, tengo el testimonio de la mujer a la que juraste proteger.

Julián empezó a forcejear, su desesperación creciendo por momentos. En un último intento de salvarse, miró a Elena con lágrimas falsas en los ojos.

—Elena, amor, diles que no es cierto. Diles que fue un malentendido. Piensa en nuestro hijo… Él necesita a su padre.

Elena sintió una oleada de náuseas. Se llevó la mano al vientre, sintiendo una patadita del bebé.

—Mi hijo necesita un ejemplo, Julián. Y tú solo eres una advertencia de lo que un hombre nunca debe ser.

Don Valente asintió y los hombres empezaron a arrastrar a Julián hacia la salida. Pero justo cuando estaban a punto de cruzar el umbral, Julián se soltó con un movimiento brusco y se lanzó hacia un cajón de la mesa de noche.

—¡Si yo caigo, caemos todos! —gritó, sacando algo que brilló bajo la luz de la lámpara.

Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇

Publicidad
Publicidad
Publicidad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicidad
Publicidad